La princesa Camila se perdió en un bosque de abetos, se enarmoró de un sapo sincero y renunció al trono del Reino y a los honores de alteza real. Mientras Camila hacía vida de campesina, dejó a Martina, su criada, encargada de que nadie lo supiera. Martina, que era sencilla, culta, y una mujercita muy letrada, tuvo que pasar todas las tardes disfrazada de princesa, atendiendo a las obligaciones de palacio o recibiendo a diplomáticos cansinos. Camila, sin embargo, vivía tranquila justo al lado de un estanque de nenúfares.
Pasaron los inviernos, algunos helados, y llegaron los tiempos señalados para la elección del príncipe casadero que pudiera hacer feliz por siempre a Camila. Martina, enmascarada, estaba muy preocupada por tener que consentir a un matrimonio lleno de engaños, en el que el esposo siempre creería que ella era quien no era. Eso, se decía a sí misma Martina, los haría infelices a ambos. Además de que, por más que intentase representar, ella no se sentía enamorada. No quería renunciar a sus deseos de ser poetisa, tal y como soñaba, ni a encontrar el amor verdadero. Ese que, aunque pase el tiempo, no se acaba. Y, aunque se muera, renace al tiempo. Por eso, desesperada, Martina llamó a la Corte a la locuela hechicera Margara, experta en situaciones tan raras como aquella en la que se la criada se encontraba. Martina le contó a Margara toda la historia de la huida de Camila, del trueque que ambas idearon para taparla y sin guardar ni un sólo detalle para más adelante. Para que no desconfiara. Le pidió, por favor, que arreglara la cuestión con una solución perfecta para todos, incluido el príncipe casadero que, entre otras cosas, también parecía noble, aunque ambicioso, y de corazón abierto.
Ayudar a Martina era una operación complicada para la sabia Margara, puesto que las reglas de la magia en los cuentos no preveían situaciones tan enrevesadas. Transformar a Martina en princesa hubiera sido trampa y, de seguro, contarle la verdad al príncipe, una desgracia. Los hombres, decía Margara, no saben entender ciertas razones y, sobre todo, un príncipe nunca, nunca se enamoraría de una mujer letrada. La solución que, finalmente, consideró apropiada fue, hasta para ella misma, inesperada. Sin quererlo, sin planearlo, sin saberlo, la decisión tomada forjó el principio de una bonita historia de amor que, hasta ese momento hubiera, sido imposible. Y es que el común de las hechiceras del amor no entiende casi nada.
Fue así que Martina se trasladó en secreto a un remoto país donde la Poesía gobernaba a una población de artistas, pintores, novelistas, compositores y arquitectos. Allí encontró el destino que realmente estaba prefigurado para ella por los vericuetos de lo incierto. Camila, que siguió en su estanque, optó por convertirse en rana y dejó sus atributos reales en manos de Margara. El sapo y ella nadaros felices y comieron mosquitos, saltamontes y otros insectos. Tuvieron muchísimos renacuajos y nunca, nunca más volvieron.
Ni Camila, ni Martina, ninguna de las dos tuvo que renunciar a nada. Sin embargo, sí que tuvo que hacerlo Margara. Fue ella la que tuvo que dejar atrás sus dones de maga y entregarse, sin artificios, a la aventura de un amor que no le aseguraba nada. El problema principal es que, sustituyendo ella a Martina, encubriendo la ausencia de Camila, y haciéndose heredera del Reino, no tenía más remedio que permitir que el príncipe casadero la conociera, tal como era. El riesgo era grande. De no conseguir que el príncipe se enamorara, Margara sería destronada, desterrada y repudiada. Primero por el mundo de la hechicería, al haber abandonado los artes de la magia. Y luego por el de los mortales y vulnerables humanos, para los que una mujer rechazada era lo más deplorable que pudiera existir.
Afortunadamente el príncipe casadero conoció a Margara en el salón de conciertos donde bailaba toda la realeza. Y, entre tanto monarca y reyezuelo suelto, supo desde el primer momento que ella era una infiltrada. Maravillosamente no le importó. No lo contó a nadie. Ni siquiera preguntó, sino que le salió al encuentro y la abrazó, danzando muy lento. El descubrimiento de sus labios, le conmovió. Y vio el príncipe la generosidad de Margara al desprenderse de todos sus poderes de maga para ayudar a las dos jóvenes fugadas. Vio la humildad de prestarse a ser vista tal como era. Transparente, sin velos, sin trucos, sin nada. Y vio que tenía los ojos oscuros, los pies ligeros, las manos grandes, el pelo suelto y la sonrisa trabucada por el miedo a lo dado por supuesto.
Y, así, fue como el príncipe y Margara se enamoraron. Se comprometieron a no contar nunca la verdad de esta historia. Fue Martina, que acabó siendo una prestigiosa escritora, conocida en muchísimos reinos, quien supo cómo acabó este cuento. Le llegó, montada en luz, una intuición, como un mensaje oculto que recibió a través de las sombras de unas encinas sobre un prado blanco. Y, sólo antes de partir rumbo al descubrimiento de nuevas tierras, más allá del único mar que había en ese universo de ilusión en el que había vivido, se decidió a escribir este relato.
Y aquí lo ha dejó, para que lo contara yo.
(A quien espera,
y a quien se hace esperar)