Categoría: Cosas con vida
26 Febrero 2009
Se han escondido entre la pared y la ventana de mi habitación y, aunque se las siente, no se puede dar con ellas. Se las oye cuchichear por las noches, contándose historias a los oídos. Si se escucha atentamente, se puede entender que siempre versan de cómo una, o la otra, consiguió romper este o aquel hechizo que mantenía encadenada a la princesa de ojos grises. La princesa a la que un maleficio retuvo atada a un castaño otoñal, del que extraía su único alimento, hasta que un sabio, que fuera conocedor de las claves para superar el abandono, la encontrara. Y la viera, casualmente, mientras él anduvie
ra leyendo libros tan pesados como el alma de los desafortunados en amores. Y la quisiera, locamente, por haberlo liberado, ella a él, de su soledad sesuda y huraña.
Hay dos haditas iguales. De ellas, dicen las amas que las cuidan que son gemelas. Aunque lo cierto es que una se ríe del derecho y otra del revés contrario. Y, de eso, nadie se da cuenta. Van corriendo una tras la otra. Y aún no se han encontrado del todo porque, siendo iguales, no se reconocen. Pero sí que ríen, continuamente, y adoran los polvorones, las aceitunas, los palitos de maíz inflado, la danza de las sillas y los libros que sostienen la estructura de la gran estantería del salón. Ellas sueñan que algún día los leerán a conciencia para descubrir más y más historietas de duendes acaudalados, profesores exiliados, magdalenas interminables, cuentos y memorias de los que juegan a la rayuela, y de caballeros con palanganas en la cabeza, enamorados de un recuerdo esquivo, de una luz, y andantes, perdidos en una inexplorada meseta. Duermen, cada una en la suya, en una cuna de barrotes blancos. Por las noches, algunas veces, saltan hasta el suelo, suben al techo, se esconden entre la pared y la ventana y cuchichean, toda la noche, sobre los príncipes que conocieron jugando en la plaza cercana. Unos llevaban bicicletas de ruedas en vez de caballos blancos, y otros jugaban con balones de plástico en vez de hacerlo con espadas de madera pintada de añil o de ocres gastados. Son haditas de los deseos y, si me despiertan, les pediré que el mío se me conceda.
A Silvia, a Teresa. Y a Carmen, la Reina Maga.
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5 Octubre 2008
La princesa Camila se perdió en un bosque de abetos, se enarmoró de un sapo sincero y renunció al trono del Reino y a los honores de alteza real. Mientras Camila hacía vida de campesina, dejó a Martina, su criada, encargada de que nadie lo supiera. Martina, que era sencilla, culta, y una mujercita muy letrada, tuvo que pasar todas las tardes disfrazada de princesa, atendiendo a las obligaciones de palacio o recibiendo a diplomáticos cansinos. Camila,
sin embargo, vivía tranquila justo al lado de un estanque de nenúfares.
Pasaron los inviernos, algunos helados, y llegaron los tiempos señalados para la elección del príncipe casadero que pudiera hacer feliz por siempre a Camila. Martina, enmascarada, estaba muy preocupada por tener que consentir a un matrimonio lleno de engaños, en el que el esposo siempre creería que ella era quien no era. Eso, se decía a sí misma Martina, los haría infelices a ambos. Además de que, por más que intentase representar, ella no se sentía enamorada. No quería renunciar a sus deseos de ser poetisa, tal y como soñaba, ni a encontrar el amor verdadero. Ese que, aunque pase el tiempo, no se acaba. Y, aunque se muera, renace al tiempo. Por eso, desesperada, Martina llamó a la Corte a la locuela hechicera Margara, experta en situaciones tan raras como aquella en la que se la criada se encontraba. Martina le contó a Margara toda la historia de la huida de Camila, del trueque que ambas idearon para taparla y sin guardar ni un sólo detalle para más adelante. Para que no desconfiara. Le pidió, por favor, que arreglara la cuestión con una solución perfecta para todos, incluido el príncipe casadero que, entre otras cosas, también parecía noble, aunque ambicioso, y de corazón abierto.
Ayudar a Martina era una operación complicada para la sabia Margara, puesto que las reglas de la magia en los cuentos no preveían situaciones tan enrevesadas. Transformar a Martina en princesa hubiera sido trampa y, de seguro, contarle la verdad al príncipe, una desgracia. Los hombres, decía Margara, no saben entender ciertas razones y, sobre todo, un príncipe nunca, nunca se enamoraría de una mujer letrada. La solución que, finalmente, consideró apropiada fue, hasta para ella misma, inesperada. Sin quererlo, sin planearlo, sin saberlo, la decisión tomada forjó el principio de una bonita historia de amor que, hasta ese momento hubiera, sido imposible. Y es que el común de las hechiceras del amor no entiende casi nada.
Fue así que Martina se trasladó en secreto a un remoto país donde la Poesía gobernaba a una población de artistas, pintores, novelistas, compositores y arquitectos. Allí encontró el destino que realmente estaba prefigurado para ella por los vericuetos de lo incierto. Camila, que siguió en su estanque, optó por convertirse en rana y dejó sus atributos reales en manos de Margara. El sapo y ella nadaros felices y comieron mosquitos, saltamontes y otros insectos. Tuvieron muchísimos renacuajos y nunca, nunca más volvieron.
Ni Camila, ni Martina, ninguna de las dos tuvo que renunciar a nada. Sin embargo, sí que tuvo que hacerlo Margara. Fue ella la que tuvo que dejar atrás sus dones de maga y entregarse, sin artificios, a la aventura de un amor que no le aseguraba nada. El problema principal es que, sustituyendo ella a Martina, encubriendo la ausencia de Camila, y haciéndose heredera del Reino, no tenía más remedio que permitir que el príncipe casadero la conociera, tal como era. El riesgo era grande. De no
conseguir que el príncipe se enamorara, Margara sería destronada, desterrada y repudiada. Primero por el mundo de la hechicería, al haber abandonado los artes de la magia. Y luego por el de los mortales y vulnerables humanos, para los que una mujer rechazada era lo más deplorable que pudiera existir.
Afortunadamente el príncipe casadero conoció a Margara en el salón de conciertos donde bailaba toda la realeza. Y, entre tanto monarca y reyezuelo suelto, supo desde el primer momento que ella era una infiltrada. Maravillosamente no le importó. No lo contó a nadie. Ni siquiera preguntó, sino que le salió al encuentro y la abrazó, danzando muy lento. El descubrimiento de sus labios, le conmovió. Y vio el príncipe la generosidad de Margara al desprenderse de todos sus poderes de maga para ayudar a las dos jóvenes fugadas. Vio la humildad de prestarse a ser vista tal como era. Transparente, sin velos, sin trucos, sin nada. Y vio que tenía los ojos oscuros, los pies ligeros, las manos grandes, el pelo suelto y la sonrisa trabucada por el miedo a lo dado por supuesto.
Y, así, fue como el príncipe y Margara se enamoraron. Se comprometieron a no contar nunca la verdad de esta historia. Fue Martina, que acabó siendo una prestigiosa escritora, conocida en muchísimos reinos, quien supo cómo acabó este cuento. Le llegó, montada en luz, una intuición, como un mensaje oculto que recibió a través de las sombras de unas encinas sobre un prado blanco. Y, sólo antes de partir rumbo al descubrimiento de nuevas tierras, más allá del único mar que había en ese universo de ilusión en el que había vivido, se decidió a escribir este relato.
Y aquí lo ha dejó, para que lo contara yo.
(A quien espera,
y a quien se hace esperar)
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29 Septiembre 2008
Busca un camino en el Norte que atraviesa bosques de hayas, bosques de robles, bosques de agua. Luna verde del día sobre hojas, plateadas, amarillas, mudas, sordas, marcando el sentido de cada paso. Ríos inquietos, bajando, trepidando, silbando en la corriente que arrastra los sueños. Bosques de barro reposado sobre raíces salientes, guardianas del tesoro quizás escondido. Música ausente, cantos perdidos.
Busca un sendero que sólo lleva adelante. Atravesado de piedras y viñas, obligando a seguir siempre hacia el Oeste, pudiera ser, al fin de la tierra, al fin del silencio o al mayor de los estruendos. Una ruta que atrapa a los caminantes en imanes de viento. Solitarios, se les presiente surcando las sendas que los transforman en transparencias de lo que son y de lo que fueron. Bondad, vileza, relumbran. Máscaras de nieve que se resquebrajan y se derriten bajo lluvia de sol, filtrado entre ramas.
Un bosque de puertas cerradas, una sobre otra, meticulosamente desordenadas para confundir a los sabios, a los letrados, a los malvados, a los inocentes o a los despiadados. Busca un bosque sin certidumbres, donde se deja de mandar sobre el futuro porque sólo se encuentra el presente, enredado entre casas inertes en pueblos vacíos que huelen a hierba. El sabor de una zarza, la picadura de una libélula insolente o una estrella fugaz, pintada en abanico, marcarán tu destino.
(A los que caminan, siempre adelante, sólo adelante: Buen Camino)
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31 Agosto 2008
A la generación enviada a investigar el sentido del absurdo se le ha perdido la pista. El control sobre las órdenes recibidas por las musas está completamente perdido y, entre todas, hay una poco notoria llamada Anastasia que ha optado por vivir más en el cielo que en el suelo. La tarea que le han encargado, escribir una historia creíble, se ha convertido en una misión completamente fuera de su alcance. Porque todas las historias conocidas son, bien aburridas, bien completamente inabordables desde el punto de vista de la lógica habitual.
Se ve que hay unos novios que se odiaron desde el mismo momento en que dejaron de serlo. Y no por haber roto y haberse reencontrado en el tiempo, sino por no haberse separado cuando, quizás, debieron. Crearon un hogar invernal en el que conviven el disgusto y el sinsabor de una rutina desganada. Las sonrisas son tan momentáneas y parcas que serían sospechosamente falsas en un análisis natural. Aunque esto no podría contarlo Anastasia en sus ensayos de relatillos o cuentos largos. Es una verdad inenarrable que nadie se atrevería a leer.
Hay, también se experimenta, personas que han elegido cerrar sus casas. Miedos enquistados provocados por desencantos inconfesables les han aconsejado no comunicarse con los otros, no dar el brazo a torcer, no ceder nunca a la esperanza de la ternura, o de la complicidad de mirar a la vez, y luego mirarse, o a la comprensión del que entiende que están así porque han sufrido. No prestar jamas oídos a las buenas palabras, no confiar en la confianza ofertada y no acoger a los peregrinos, desconocidos, que nunca asegurarán la duración, ni el principio ni el fin de sus visitas. Esos ocasos humanos, tampoco valen a las musas, ni Anastasia encuentra otra cosa que desazón en el trabajo de describirlos y exponerlos para el público lector.
En algunas imágenes nocturnas, que recogen y desmenuzan lo vivido durante todo momento anterior, hay sentimientos mágicos y confusos en los que una de las musas al
adas baila arrullada sosteniendo el ritmo marcado por los brazos, las piernas, los susurros regalados de un compañero ocasional. Podría ser cualquier otro, pero sólo si supiera, que no hay muchos que sepan, decir para ella siempre la verdad. Esas historias, que merece la pena construir y dibujar para los otros, son las que Anastasia retrararía. Pero nadie las quiere escuchar ahora porque, siendo imposibles según lo sensible, desafían, por ser buenas, el mundo de la posibilidad.
Camille Claudel.
El Vals.
(A los que, también,
han vuelto ahora)
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22 Junio 2008
El hada, finalmente, se ha quedado a dormir.
Dormida, no parece que nada, ni nadie, la vaya a despertar.

Durmiente. No fue culpa suya.
Mala Ventura.
Dulces sueños.
Constantin Brancusi
The Sleeping Muse
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9 Junio 2008
¿Eres capaz de tomar esta decisión y creer que así lo has hecho, de aquí hacia siempre? ¿A no engañarte guardando una vela apagada? ¿Te atreves a salir al desierto sin volverte a mirar atrás, sorbiendo sangre fría de cebolla amarga por única posibilidad? ¿Y
a vivir en un cuarto, cerrado y abierto, con sólo una ventana? ¿A alimentarte de aceite y sal, después de recoger el trigo, pero sólo el que has sembrado? ¿Recorrerías el campo, cruzando llano, subiendo monte, para encontrar el sendero hasta este umbral, sin entrar dentro? ¿Te comprometes a no prestar tus sueños, a no empapucharlos de agua sucia, a resguardarlos del terremoto y lavarlos sólo con lluvia?
¿Estarías dispuesto a descontar, una a una, las estrellas que se vean desde la cima? ¿A no bajar jamás? ¿A llorar con la tristeza? ¿A quedarte callado ante el silencio? ¿A no entrar en los recintos marcados con tinta china o puertas blancas?
¿Podrás soportar el escociente agujeo, la tentación de cambiar lo que es claro, con artes de magia, en lugar de respetar la libertad, los ritmos, rigurosos, de cada minúscula partícula de mi cuerpo?
(A los que quieren,
sólo, crecer.
Y no te mienten)
servido por Miryam
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25 Mayo 2008
Diario de Campo Astral. Página 23.
Fecha, del día de la fecha.
Inquieta y desconcertada, así me hallo. ¿Será tan difícil recuperar mi despertador? Las señales que me incitan a empeñarme en la búsqueda se hacen cada vez menos sutiles y, en su insistencia, advierto la premura de ése, quién sea, que dirige, secretamente, mi agenda de hada en misión de realidades mundanas.
Hace dos noches soñé con relojes que se derretían como si fueran chocolate blanco puesto sobre una plancha de asar tomates. Fue una pesadilla terrible. Primero por el asunto del chocolate, que no hay otro más nocivo para las hadas que ese al que le han quitado toda la sustancia de cacao y sabe a flores. Pero también porque, entre todos esos relojes que
desaparecían, lo vi. Lo vi, lo vi, lo vi, sólo un minuto antes de que el sueño se disolviera, como azúcar en el café de la mañana, y ya no lo viera más. Mi despertador se había esfumado en un sueño, como si me culpara todavía por haberlo abandonado en aquel cuento infantil.
Ese día me levanté contrapuesta, que es como indispuesta, pero sin el mismo sentido. Todo un cúmulo de incomprensiones asaltaron mi cabeza. Turulata, anduve así toda la mañana de trabajo. Y también persistió igual la tarde, sin acertar con el teclado del ordenador, que parecía mover de sitio las letras blancas a voluntad ajena, como si la ouija estuviera dominando la voluntad de este aparato fabricado en Japón. En una de esas, persiguiendo a la letra Zeta, de repente el navegador entró, sin que yo cifrase clave alguna, en La Mala Ventura, de nuevo, poniendo delante de mis ojos lectores una nueva misiva cifrada en palabras malabares. "Fuente en el Camino" firmaba un comentario importante, en el que me brindaba dos pistas contradictorias. En una de ellas sugería que mi vuelta a Ítaca era inminente, lo cual me recordó que, ciertamente, había olvidado regresar, como correspondía a la sucesión de los hechos recientes y a la herencia recibida de mis almas antecedentes. Pero, ¿y sin mi despertador? Ahora que sé que debo recuperarlo no sería capaz de volver sin él.
La segunda de las pistas me orientaba, sin embargo, hacia un sitio muy singular. Hablaba de un relojero sabio, conocedor de los misterios encerrados entre agujas y segundos parados, cuyos tiempos habían quedado clausurados por un deseo contrahecho. Vivía paralizado, aprendiendo del no discurrir de las horas cosas que nadie más podría entrever, ni aún cerrando los párpados sobre el iris. Presté mucha atención a las indicaciones que "Fuente en el Camino" me daba para encontrar al relojero inmóvil que, al parecer, podía ayudarme con mi despertador perdido: un camino en forma de Zeta -curiosa coincidencia, puesto que había
sido ésa la letra impertinente que me había conducido al mensaje-, dentro de un mapa, con un puente que sobrevuela un río que, extrañamente, no puede fluir, pero que, así de impasible, separa dos ciudades enteras dentro de una sola villa.
Nada decía sobre si las aguas estancadas de ese río eran limpias y frescas, lo cual hubiera sido una ventaja a la hora de buscar entre mis mapas mágicos aquél del que se hablaba. Hay muchísimas más villas divididas por ríos resignados, a causa de la carencia de lluvias, de lo que la gente sabe o cree. Estuve toda una noche, incluso sin estrellas, escrutando todos los mapas encuadernados, y también los que tengo sueltos en pergaminos de plata. Conseguí, aunque fue una tarea agotadora, seleccionar algunos de los que más se parecían a la descripción dada. Y, después de todo ese esfuerzo, terminé agotada.
Decidí, entonces, dormir concienzudamente hasta que apareciera la luz del día, y, luego, esperar de nuevo a la noche, anestesiada en la indiferente rutina de lo cotidiano, aguardando el instante justo en el que todos no me vieran, para trasladarme al primero de los mapas de villas divididas por ríos de aguas quietas. Si había una villa dividida en dos ciudades por un río inamovible, donde además ocurrieran sucesos mágicos, tenía que ser la misma en la que yo moraba. Aquí, donde sigo cumpliendo los dictados de esta misión terrenal, a momentos más compleja. No obstante, yo tenía dudas solemnes. Seguro que no era casualidad el que en cada uno de los mapas de otras villas, todas de ríos quietos y dos mitades enlazadas por puentes altos, figurase una estrella. Y menos todavía coincidencia el que, a la luz de la luna, se mostrasen esos luceros como rosas de los vientos, exactamente iguales que aquélla que me regaló un pájaro amigo, hace casi doce mitades de meses. Demasiadas señales, todas juntas, confusas, profusas y conflictuales. Motivos que atribulaban a un hada tan abrumada como ésta. No obstante, eran esos mismos signos los que me animaron a sacudir de mi ropa nueva todos los recelos que resquemaban. Miedos contagiados desde pesadillas recientes y fiebre presente, que debía dejar caer al suelo ajedrezado de mi habitación, como restos de migas de pan o manchas de chocolate negro. Y, así, cayeron, bailando en el aire al ritmo de plumas, mientras yo recitaba el hechizo.
Y, así, sin más que todo esto que ya he contado, fue como me encontré sumida en una nueva tarea, que casi acabó siendo aventura: la de dar con el Relojero Inmóvil, que guarda el secreto de los relojes perdidos, y que se relata más adelante, o más atrás, según se piense mejor, en la página 26 de este Diario de Campo Astral.
(A los que quieren,
sólo porque quieren)
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19 Mayo 2008
Recomendación y consejo tomados del "Manual de Trato y Comportamiento de Hadas en Mundo Real", escrito y prologado por una paciente escribiente, que conoce bien las visicitudes, circunstancias y conflictos que conlleva el contraste entre ser, y saber que se es, así como entre creer que se cree, y creer, cosas tan distintas, aunque en esas vive. Capítulo veintibastante, titulado
Nunca Chocolate
Y que comienza enérgicamente diciendo...
¡En ningún caso!, que a nadie se le ocurra permitir o inducir a que un hada ingiera nada así. A las hadas no
les sienta bien el chocolate. Por mucho que a algunas les guste mucho, tantísimo que son capaces de comérselo sin depurar, ninguna hada debe comer chocolate mientras esté en estado real. Sólo si tienen un momento de sentido mágico, de los que no siempre es fácil que tengan en sus cotidianas rutinas de disimulo, pueden probarlo y disfrutar de él sin peligro.
No es por eso, no por lo que pueda pensarse, no porque las haga engordar. Hay hadas tan flaquitas que, más bien al contrario, les vendría mejor que nada pesar un poquito más y, con eso, volarían mucho mejor cuando hay viento en contra. Y también a favor. Pero no es por eso, ni porque les salgan granos, que sí que pueden encubrir ellas mismas con el reciclado de polvo mágico que saben recoger de sus hechizos buenos. Es porque enferman, a veces con remedio. Pero otras, sin él.
El chocolate es un misterioso alimento, los seres reales no son conscientes de sus cualidades, pero es tan atractivo para ellos que pocos pueden prescindir de probar un poquito cada cierto número de noches. Casi siempre está en los postres de las fiestas, cuando hay algo que celebrar. Todo es porque el chocolate es mágico, cuanto más puro, más negro, más amargo... más poder tiene para cambiar la realidad. Por eso las hadas, cuando lo comen, no lo metabolizan bien y enferman. Casi siempre con remedio, eso es verdad. Pero se les cambia el color de la cara, pierden luminosidad y les afecta algo como fiebre, que en realidad no es fiebre normal sino la reacción propia que tiene cualquiera que prueba su propia medicina. Deben pasar varios días en cama, y da pena escuchar cómo se lamentan, sin poder hacer nada por buscar las cosas por las que han querido venir a estar en este sitio.
A las hadas sólo puede dárseles chocolate cuando están ausentes, que se ve porque tienen la mirada perdida en un mundo más arriba, o miran fijamente al fondo de los ojos pero el de los suyos es mucho más profundo de lo que cualquiera pueda imaginar.
Fuera de esos casos, nunca chocolate.
Otra cosa sería... hablar de brujas.
(A los que no saben caminar,
sin un poco, de eso,
cuidado, con las hadas caprichosas)
servido por Miryam
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