La Coctelera

LA MALA VENTURA

andamiajes, conjuros, moratorias y hechicerías

Categoría: Manifiestaciones

1 Julio 2008

Las buenas razones de La Mala Ventura

Momento uno.

Un joven periodista deja su trabajo de redacción, que hasta le gusta, para retirarse a escribir una novela. Está loco, dicen todos. Una conocida lo felicita en la calle por su decisión. Él se sorprende. Estará loca, piensa para sus adentros. ¿Estarán cuerdos, quizás, sólo ellos dos? A considerar antes de hacer juicios.

Momento dos.

Una niña extraña para todos, dentro de una novela escribe una obra de teatro. La escribe con todo lo que ella es. Ella es una niña transida por una realidad dentro de la realidad, que sólo ella conoce aunque, intuye, hay mil realidades durmiendo y viviendo en habitaciones, separadas por visillos y biombos hechos de papel. Que la acechan.

Momento cero.

Una mujer, que pudo ser esa niña, lo reconoce: que pudo serlo. Su realidad, dentro de la inexistente, está proyectada hacia un camino que pasa por ensayos lanzados al vacío, confianza en que alguien los lea. Algunos la toman en serio. Sólo los cuerdos.

La única razón para escribir, buena, mala ventura, es reponer los trazos de la dirección que había tomado, en la tercera realidad dentro de todas las realidades superpuestas que la fragmentan. La otra, espasmódica, es lo inevitable de saberse poderosa, capaz de dar vida a lo que habita en uno de esos tropiezos de abismos interiores.

Momento único. Una poetisa novelando a todas horas. Se encuentra con una escritora en una pantalla de cine. Ciertamente, determina, merece la pena intentarlo, aunque sea siquiera por cerciorar que seguramente es imposible vivir así, tan libre, sólo escribiendo.

(A los que toman en serio
lo que escriben los que leen,
aunque sea mentira)

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1 Enero 2008

Años de sueño


El año nuevo se ha vuelto del revés desde el primer día y todas las previsiones ya están siendo contradichas por la luz del cielo, que no es gris, sino amarilla y blanca, otra vez, justo como ayer y antes de ayer. No hay absolutamente nada nuevo ni extraño en el color de las sombras de los árboles, ni las líneas de la mano han cambiado para ninguna de las personas que rodean el corto camino hasta el puente, sobre el río, donde hay una orilla verde con un árbol doblado, medio sumergido en el agua a causa de la sed del estío. Y seguía así, torcido, esta mañana como las otras.

Decían que el curso del tiempo cambiaría con las doce en punto, como a las princesas de los cuentos se las convierte en pordioseras sólo con toques de campana y van perdiendo zapatos, bolsos, y el decoro, dejando en un desconcierto bobo a los príncipes sorprendidos de que las cosas no sean tan fáciles como en los anales de sus ancestros. Hoy ni eso, porque la única princesa que se sienta junto al río se ha negado a acudir al baile de nochevieja, con la excusa de no tener más ganas de confirmar que las teorías de los cuentacuentos, que transitan de sala en sala de fiesta infantil para ganar dinero, son historias trucadas, tan equivocadas como los pronósiticos del clima, que no ha cambiado de ayer a hoy por mucho que los que trazaban líneas sobre un mapa habían alertado a toda la población de que llovería cincuenta horas seguidas y se inundarían los márgenes de los ríos, hasta cubrir incluso la copa del árbol torcido.

Pero nada de eso ha ocurrido y, quien lo sabía, ha preferido dormir a bailar toda la noche, para acudir temprano junto a la orilla verde, a esperar a los pájaros que van de paso hacia las marismas cercanas y traen en los ojos promesas de vidas venideras sin la terrible maldición del sueño de cien años.

Porque las existencias condenadas a cien años de sueño tampoco tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

(Con permiso,
de la soledad al sueño
también hay cien años)

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22 Noviembre 2007

Del revés

Te echo de menos del revés.

Del revés es la forma complicada, en la que nada es posible, con los pies en el suelo y la cabeza enharinada, removida y amasada con razones de libro plano, donde dice que renuncie, desde ahora, a lo que hubiera sido por las estancias vacías en las que habito, por todo eso. Por el otoño de lluvias que arría, a lo poco y a lo hondo, lo que guardo junto al pecho con los dientes y las garras, y lo protejo de este frío, que me aterra y me disuelve cuando esas gotas de sal, húmeda, sin arena, caen del lagrimal, a cada lado, por la piel de las mejillas hasta el lápiz. No es el mar, sólo el lago que inventamos por si hubiera sido o fuera, que aún se escribe, sin remedio, con mis ojos y mis manos, el granito de sus letras, en la arcilla, en esa piedra.

Sin remedio, arcilla a cera, de pluma a llanto, cierzo a galerna. ¡Qué triste borrarse del otro si no quiero hacerlo! Más difícil: ni blanca, ni ciega, ni del revés de tarde de mayo, ni del derecho de mañanas nuevas.

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30 Septiembre 2007

El círculo

Vamos a abandonar el país de las hadas por unos minutos y situarnos con perspectiva en la realidad. Pura y dura. Es para hacer un experimento y ver con cuántas piedras reales o cuántas veces con la misma tiene que chocarse una persona para darse cuenta de lo que va la película de su vida. Es verdad, cada persona tiene una peli propia, de mayor o menor éxito de taquilla, en la que es prota absoluta y no hay director ni guión que valga. La tiene que escribir uno solito. Pero hay gente a la que le pasa como en Atrapado en el tiempo, gran peli que nunca vi entera, y que no consigue llegar a ningún final, ni feliz ni desdichado. La historia personal se vuelve circular y es imposible parar el destino vicioso que acaba y vuelve a empezar, una y otra vez. La única forma de terminar esa danza con lo absurdo, con el sinsentido de un futuro imposible, de un presente maldito, de un pasado envenenado, del hastío de saber hacia dónde irá todo... La única forma es renunciar al inicio, clausurar para siempre las esperanzas de encontrar una luz cierta y aceptar que, posiblemente, ni el mañana traerá mejores días, ni tampoco se te darán los cielos por los que soñaste, los que alcanzabas con cada nube y los que luego se quebraban estruendosamente con cada piedra. ¿Aceptando el sinsentido se aprende a sobrevivir mejor? Porque seguro que renunciando a lo que crees nunca conseguirás ser quien eres realmente, ni acabar tu película, ni ser feliz. Yo no sé la respuesta. Ni quién pudo escribir un mal de ojo en este guión que ha caído en mis manos. Si fui yo misma, seguro que puedo encontrar la manera de recomponer la historia y conseguir un tercer acto que dé sentido a lo incomprensible de este segundo, eterno, rayado hasta lo insoportable. Pero, para hacer eso, ¿tendré que volver a mi mundo de origen o acaso hay caminos invisibles también en este mundo real?

Tags: reflexiones

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20 Septiembre 2007

Montségur


Es sorprendente, pero de tres novelas que he leído este verano, dos de ellas recreaban el mismo suceso, desconocido para mí hasta hace mes y medio, del sitio a Montségur y la caída final de su heroica resistencia. Tres libros, elegidos por razones muy distintas entre casi veinte, y ¿dos de ellos?... más casualidad que probabilidad, no lo sé.

Montségur es la historia de cómo se acabó con el último refugio de unos creyentes, cátaros, que la inquisición consideró herejes. Era el siglo XIII. De no haber sido por las alianzas políticas de la época, quizás aquellos hombres y mujeres hubieran podido seguir en ese reducto de las montañas, tan apartados del mundo, quién sabe hasta cuándo. Eran ya muy pocos cuando ocurrió todo aquello del largo asedio y la rendición final. Cuando vino la otra historia: la de los muertos.

El castillo sigue ahí, recordándolo todo con su sola evidencia. El único que sobrevivió a su propia destrucción porque, desde entonces, su historia de piedra antigua ya está marcada por aquella otra historia de vencedores y vencidos, todos arrojados en el fuego, aunque sólo lo fueran los segundos, y siempre será Montségur, la última fortaleza, el último refugio. Que, sin embargo, sigue, está en pie y se divisa desde lejos. Erguido entre cielo, roca,agua de nube en verano, nieve de lluvia en invierno. Ahora ya es un sitio de paz. Y tiene tanta luz, tanta calma, tanto silencio alrededor, que es imposible ver en él un lugar de muerte. Porque fue un lugar de vida. La última resistencia.

Puede ser que sí, que Montségur resistiera a pesar de lo que cuentan. Y puede ser que Dios no sea distinto cuando quien cree, cree de manera diferente a la del otro. Y, entonces, qué absurdo sitiar y acabar con el último reducto de lo que es propio.

Es un misterio, claro. Pero sigue siendo cierto. Que el castillo sigue en pie.

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5 Septiembre 2007

Ítaca (II)

No puedo más, no aguanto esto. Hace veinte años que se fue Ulises, veinte. "Que me voy a ayudar a Menelao", o Melenao, o como se llame el rey ese, un pesado, y su hermano Agamenón, otro igual. Y todo por la mosquita muerta de Helena, menuda lista: se casa con un rey y luego se lía con el principito deTroya. Ahora, yo la entiendo, porque ese Paris y el vejestorio de su marido... Otra cosa es mi Ulises, pero nada, que allí que se fue y aquí que estoy yo, aguantando a todos sus amigotes que me tienen la casa invadida y se pasan todo el día borrachos y diciendo impertinencias. Ahora, lo último, que si Ulises no vuelve y que a ver si me decido por uno de ellos, vamos, como si yo fuera tonta, que ya sé lo que quieren estos: ser reyes. Y de camino decir que se han tirado a la reina, qué asco me dan. Son tan tontos que vienen a contarme que si les encanta mi pelo, que si soy la mujer ideal, que si me han amado desde siempre pero que se contenían por fidelidad a Ulises... Panda de babosos, si se pasan el día persiguiendo a las esclavas, que ya he tenido que mandar a un par de ellas a las casas de las viñas porque las han dejado preñadas, semejantes imbéciles. Y ellas ya podían tener más cuidado, vaya. Menos mal que tengo a mi niño, que es buenísimo. Aunque últimamente no hace más que decir que se quiere ir a buscar a su padre. Si es que todos son iguales, de repente les entra el yo no sé qué y tienen que irse por ahí a hacer cosas heróicas y estúpidas, deseando que los poetas de Grecia los citen en sus obras, como si eso valiera para algo. Para eso está Penélope, para quedarse aquí guardando la casa, el trono y harta de estar sola, de acostarse sola, de que nadie la toque y de aguantar borrachos. Claro que, para soportar a cualquiera de esos, prefiero esperar a Ulises mil veces, que digo yo que volverá, vamos. Tendría que haberse hecho un barco nuevo antes de la guerra, que ya se lo dije, "que con esa antigüedad llegas a Troya, pero a ver si vas a poder volver, que el mar está muy malo depende de qué época". Pero ni caso, que "tú qué vas a saber de navegación ni nada". Pues algo sabré, digo yo, toda la vida viviendo en una isla. Pero ni caso. Bueno, pues lo malo es que ya se me ha acabado el cuento. Ya se han hartado de la historia de que si tengo que tejer y si no, y que dicen que tengo que elegir a uno. Y yo me niego, que no, que no. Que a estas alturas, que me espero a Ulises y que no se mete otro en mi cama, eso lo saben en el Olimpo. Eso sí, ya lo he pensado, voy a decir que el que tense el arco de mi marido, ese gana, que estoy segura que estos, con tanto vino y tanto jueguecito con mis esclavas, no tienen fuerzas ni para sostenerlo al peso. Es lo único que se me ocurre ya para entretenerlos. Y mientras tanto, a ver si vuelve este imbécil profundo, me va a oír, me va a oír...

Tags: fantasias

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20 Junio 2007

Servilletas de tela

En unas vacaciones, hace bastantes años ya, conocí a un chico del que me acuerdo casi todos los días. No es una historia romántica, si es lo que esperáis, sino una historia de cosas que transmiten las personas, o de personas que transmiten cosas cuando están convencidas de ellas.

Estábamos en una especie de albergue donde las comidas se servían, en plan rancho, en un comedor grande y caluroso.
Como estábamos de vacaciones, no había prisa por nada y había tiempo para charlar y charlar, pasar horas muertas hablando de quién es uno, quién el otro y las percepciones de cada uno sobre ti y sobre mí. Unos auténticos bichos sociales y humanos. El chico del que hablo, realmente no me acuerdo de su nombre, me llamaba la atención no sólo porque parecía tener una enorme sensibilidad, sino porque también tenía un espíritu de lucha increíble, combativo con todo, cuestionando todos los temas de los que se hablaba en la mesa o fuera de ella, y siempre dispuesto a reformular, a reformularse él mismo con lo que aprendía y recogía de los demás. Tengo el recuerdo de que conectamos de alguna forma especial,y seguramente por eso sigo acordárdome de cómo era. Aunque no de su nombre. Pero no sólo por eso.

A pesar de que en el comedor, como es habitual en ese tipo de sitios, había servilletas de papel, mi amigo siempre aparecía, en todas las comidas, con una servilleta de tela en la mano. En cada comida. Desayuno. Almuerzo. Merienda, cuando la había. Y cena. Me llamaba la atención, porque era como imprescindible para él. Nunca se le olvidaba y, si hacía falta, subía a la habitación a por su servilleta de tela. Una simple, estampada con cuadros, y común servilleta de tela.

En uno de nuestros almuerzos, tertulia de sobremesa, le pregunté que por qué utilizaba siempre esa servilleta, si había alguna razón sentimental o qué. Me contestó que nada de eso, que lo hacía porque era más ecológico que usar tanto papel, que era un convencido de la defensa del medioambiente y que, aunque sabía que era un gesto pequeño, tenía la esperanza de que su gesto intrigara a la gente y, a lo mejor, hasta les hacía pensar.

Aquellas vacaciones terminaron, fueron largas. Me despedí de mi amigo con mucho cariño. ¿Quizás se llamara Ricardo? Cuando llegué de vuelta a casa, una de las cosas que hice fue buscar en los cajones de la cocina un viejo aro y sacar del aparador una servilleta de tela. Desde entonces, yo también uso servilletas de tela, no de forma forzada ni voluntariosa, sino natural. Es como si fuera lo normal para mí desde aquel verano. Y, casi cada vez que la cojo, como casi cada vez que separo papel y plástico o que decido reciclar las pilas o los folios malgastados en fotocopias desafortunadas, me acuerdo de aquel chico, de la fuerza que tenían las cosas que él quería transmitir porque le salían de dentro, dentro.

También, supongo, conectamos. Y eso ayuda a creer ciertas cosas del otro. El caso es que no puedo dejar de pensar que es cierto, que hay personas que pasan por tu vida, incluso están mucho tiempo a tu lado, y no te dejan nada de sí mismos, o muy poco. Y luego hay otras, de alguna forma inexplicable, que en muy poco tiempo pueden cambiarte los esquemas, las actitudes, incluso algo por dentro, definitivamente. Hay algunas personas, no sé por qué sí o no, que tienen bastante más parte de la que nunca podrán imaginarse en que yo sea hoy la persona que soy. Igual algunos de ellos incluso tampoco se acuerdan muy bien de mi nombre, pero, eso sí lo creo, soy mejor porque los conocí.

Un minuto. A pesar de lo cual,lo de los pañuelos de papel para cualquier cosa, sigue siendo muy práctico.

(A los que me dejaron cosas buenas, con deseos de reencuentro)

Tags: recuerdos

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27 Marzo 2007

Cuarenta factorial

El sábado fuimos a una fiesta con título: Cuarenta años, cuarenta amigos. Cuarenta factorial, pensé, luego, cuando completamos el pleno de la noche de cumpleaños colectivo. Cuarenta años, cuarenta amigos, ¿cuarenta botellas en la barra libre del hotel? Cuarenta por doce, copas. Cuarenta por cinco, canciones de los ochenta. Con un pincha que de vez en cuando se asomaba a Shakira o a Paulina para recordarse a sí mismo que había llegado hasta el siglo XXI. Cuarenta por ocho invitados, amigos, enemigos, familiares, esposas, padres, cuñados, hermanos, suegros...y arrimados. Entre ellos, cuarenta y... doble o nada, dicen...¿algo?... a lo mejor un poco borrachos. Reencuentro y confusión del tiempo. Cuarenta por cuarenta fotos proyectadas, una tras otra, en una insondable y parlanchina pantalla al fondo de la pista de baile. Cuarenta por trece anécdotas, con todas las vivencias de cuarenta, amigos, cuarenta años, resumidas en el lenguaje de la instantánea. Cuarenta por...¡ejem!, colillas, el ocaso de los espacios sin humo. Cuarenta por mil, envidiables, buenos recuerdos que han conseguido reunir a toda esa gente en una fiesta con título.
Me pregunto cómo es posible seguir conservando la pequeña amistad de la última infancia a través del cansado tramo de la adolescencia y el difícil proceso de ser adulto, profesional, quizás padre, quizás marido, quizás ex marido, quizás todo, quizás nada, quizás parte de todo, quizás en camino hacia parte. El caso es que hay cuarenta tipos que lo han conseguido y supongo que ese es el motivo que tenían para celebrarlo. ¡Enhorabuena! Además de estar vivos y de poder brindar, cuarenta brindis, ¡ejem!, y el fracaso de la ley seca.

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Aprendiza de artes ocultas y ciencias perdidas. Aquí tengo un lago y, en él, guardada, una luna de cristal que me cuenta historias. Historias que retrato y desmenuzo en palabras. ¿Las vienes a ver?... -La Mala Ventura es una invención original, subtitulada con mil claves, de Miryam R-I Serrano-

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