En casa siempre nos hemos reído mucho con las cosas de mi abuela. En especial con esa manía suya de cambiarle el nombre a todo y a casi todos. A mí, por ejemplo, siempre me llamó con el nombre de mi prima. No sé cómo llama a mi prima, igual con mi nombre o con el de la costurera, cualquiera sabe. Un restaurante al que solemos ir toda la familia cuando nos reunimos en verano, El Cepo, para mi abuela es El Topo. La Rufana es La Rusáfaga y Rosa Mari, la señora que limpia en casa, es María Rosa. Igual que Juan Luis, el amigo de mi hermano, es José Luis, Crina, la chica rumana que la cuida, es Trina, Gladis, Gladiola, y una señora muy devota que, según comentaba mi madre, tenía inquietudes, según mi abuela tenía unos ahogos. Y así un largo etcétera que concluye con la ocurrencia de decir de sí misma que es la viuda de Fernando IV, que es la calle donde vive, y a veces la de Felipe V, porque se confunde. Lo mejor es que dentro de poco se muda a la calle San Pablo y ya especulamos con cómo se va a presentar a partir de ahora.
En el fondo es una cosa que nos pasa a todos. Sin ir más lejos este mediodía mi padre ha comentado que eso del Príncipe de Beckelar era la serie esta que la hacía Will Smith. Y, hace poco, también que había un concierto de Basta Ya, que en realidad eran los Siempre Así. Uno de mis profes una vez nos explicó el significado de ontológico como algo muy verdadero, como cuando Curro Romero hacía una gran faena y se decía que había sido ontológica. Una amiga mía me comentaba que qué guapo era Figo Morrisai, en vez de Viggo Mortensen, y, hablando sobre los aires que se daba su jefe, decía que tenía ínsulas de grandeza.
La cuestión viene al caso porque esta mañana he visto a un político muy importante que decía en la televisión algo de una segadora. No lo he entendido muy bien, por eso puse el volumen más alto y resultó que decía que se habían sesgado vidas y luego me enteré de que se refería a víctimas y no sabía yo si se había hecho el buen hombre un lío, como los que se hace mi abuela con los nombres y las cosas, o si era que la información estaba segada, que los periodistas tienen una mala idea...
Luego, pensando sobre ello me acordé de una modelo que una vez dijo algo de “estar en el candelabro”. Recordé cómo todo el mundo hizo mucha sorna de aquel comentario y cómo se han hecho chistes acerca de ella durante anos y años desde entonces. Mi hermano mayor explicaba aquello diciendo que era normal “porque si supiera hablar bien sería ministro”. Parece que no tendremos más remedio que reconsiderar esto último y concluir que, más bien, son los políticos y políticas de este país los que si tuvieran el fachón de aquella chica serían modelos. O, en otro caso, que mi propia abuela hubiera sido una estupenda ministra. Ahora es que ya está mayor, que si no...

Escribe un comentario