Ofú, es que hay que pasarse la mitad de la juventud trabajando un montón para conseguir un buen trabajo. Y luego, cuando crees que ya vas a poder disfrutar un poquito, hay que pasarse la otra mitad trabajando otro montón más para conservar el trabajo que conseguiste en la primera mitad.
Lo de la precariedad laboral es una faena. Digo yo que cómo será tener un currelo y que te dure un montón de tiempo, y que te vayas de él porque quieres y no porque se acaba la obra para la que estabas contratado y que, por cierto, nunca existió; o porque no había presupuesto para ascender al hijo de tu jefe y tú tuviste que descender... a la puerta de la calle; o porque un negocio salió mal y la responsabilidad siempre es del superior... pero la culpa es del subordinado.
Todo esto al final es malo para el trabajo. Y lo digo en serio. La idea es que así los trabajadores no nos acomodamos y estamos más motivados. Más motivados para irnos antes de que nos echen a nosotros.
La semana laboral cada vez dura más, se estira más. Se trabaja hasta andando por la calle, hablando por el móvil compulsivamente. El otro día me crucé con uno que yo creía que iba hablando solo por la calle y que estaba pirado, y resulta que lo que tenía era uno de esos teléfonos que se ponen en la oreja. Seguramente en el fondo algo pirados estamos ya todos, venga a correr y correr hablando solos e intentando subir hacia una cima invisible que siempre está más lejos.
En fin, algo agobiante esta vida de hoy en día. El trabajo es el trabajo. Pero, ¡qué trabajo cuesta!
Menos mal que existen los domingos de tele y camilla.