El otro día me dijo una señora: "tú no deberías estar en una playa pública". Lo que dijo me preocupó, ¿tendría razón la mujer aquella, cuyo hijo estaba dispuesto a romper una vela de windsurf que yo había bajado a la playa.
La historia me hizo pensar. Hacía un par de años también había tenido unas palabras con otra señora con hijo. En este caso, el hijo jugaba a la pelota prácticamente encima de la toalla donde yo leía tranquilamente una novela. El niño me ponía nerviosa, pero me decía a mí misma que bueno, que no tenía por qué acabar dándome un balonazo. Eso hasta que, lógicamente, acabó dándomelo. La señora, cierto es, vino a disculpar a su hijo. Yo, que acababa de recibir un golpe, tuve la desgracia de decir: "bueno, ya lo veía yo venir, hay mucho sitio para jugar en la playa y el niño estaba aquí justo encima mía...". Iba a sugerir si el niño no podía jugar en la orilla, cuando la señora me increpó diciendo que yo era una maleducada y que los niños tienen que jugar. Yo me callé, por no liarlo más, pero pensé para mis adentros: "¿y tienen que jugar justo encima mía?". Acabé trasladando mi toalla de sitio.
Lo del otro día fue algo distinto. Esta vez me mordí la lengua algo más tarde, aunque finalmente también me la mordí.
La cuestión es que a lo mejor es verdad y no sé estar en una playa pública. Lo digo porque también me acuerdo ahora de un día que un hombre paseaba por la orilla, cuando su perro decidió venir a saludarme. Me levanté corriendo de la toalla y me aparté para que el perro pudiera pasearse sobre ella. Algo indignada, y asqueada, me dirigí al dueño del perro que, por supuesto, ni se había alterado ante la situación.
-"¿No sabe usted que los perros están prohibidos en la playa en horas de baño?" -le pregunté.
Su respuesta fue asombrosa: "También está prohibido tirar basura en la playa y la gente la tira" -dijo. Y se fue con su perro a ensuciar alguna que otra toalla más.
Otra de perros muy interesante fue la de un chaval que paseaba tres perros, sueltos, por la misma playa donde una amiga mía estaba tranquilamente con su hijo de dos años. Los tres perros se acercaron a oler al niño y el niño se asustó. Mi amiga, preocupada, intervino. Los perros se alejaron y, seguidamente, ella se dirigió al dueño: "¿te importaría agarrar a los perros? Es que está aquí el niño..." El chaval la miró con cara de hierba y le contestó: "agarra tú al niño". Y se quedó tan pancho.
Supongo que en aquella ocasión el problema también era de mi amiga: no sabía estar en la playa. No sabía que, en la playa, hay que amarrar a los niños. Y ponerles bozal.
Pues la señora del otro día, insisto, me hizo pensar. Yo no debería estar en la playa, tenía razón. Lo que ocurrió es que su hijo, un lindo niño rubio de unos séis años, de repente decidió jugar a pisotear la vela de windsurf que yo tenía montada. En cuanto lo ví encima de la vela, y ante la posibilidad, nada remota, de que el niño se la cargase, me fui hacia él, lo cogí y lo quité de allí mientras le decía: "¡oye niño, que esto no es tuyo!" La madre, que venía andando, me lanzó una mirada de odio, cogió a su niño por los hombros y muy dignamente me dijo:
-"Tú no tienes que gritarle ni que empujar a mi hijo".
-"Señora" -le contesté-,"su hijo estaba encima de mi vela".
-"Sí" -dijo ella-, "pero ya venía yo, y tú no tienes que empujarlo ni que gritarle que eso no es suyo".
-"Es que no es suyo" -dije yo.
-"Ya lo sé" -ahora la que gritaba era ella. "Pero no lo empujes".
-"Mire" -seguí. Aunque ese era ya el momento de morderse la lengua-, "no creo que lo haya empujado, simplemente lo he quitado de encima de mi vela porque iba a romperla. Si espero a que usted llegue, me quedo sin vela. A lo mejor debería usted vigilar mejor a su hijo" -otra oportunidad que perdí para callarme.
-"Lo estaba vigilando. Y tú no tienes que gritarle que eso no es suyo ni que empujarle" -siguió ella.
Y entonces es cuando me dijo que yo era una maleducada, también, y que no debería estar en la playa pública. Fue entonces, también, cuando yo, por fin, me mordí la lengua. Creo que hasta me hice sangre, porque lo que realmente quería hacer yo era decirle que era verdad, que a lo mejor yo no debería estar en la playa, "pero usted no debería tener hijos, ya que no sabe educarlos".
Afortunadamente esa vez me callé. La señora se dio la vuelta y siguió relatando: "mira que gritarle al niño que eso no es suyo". Comprendí algo que nunca había comprendido, y es el porqué de la gente que quema motos en la calle. Siempre he pensado que qué absurdo, porque una cosa es robarlas, pero ¿quemarlas?, ¿para qué? Y ahora lo entiendo. Es porque nadie, ninguna persona de referencia, informó a esas otras personas, cuando tenían seis años. de que hay cosas que están en sitios públicos, pero que eso no quiere decir que sean suyas y que puedan romperlas.
Y, aún así, creo que aquella señora tenía razón. Yo no debería estar en la playa hasta que no me haga consciente de que si su hijo decide romper mi vela, yo tengo que dejar que lo haga para que ella no se moleste. Así es la ley de la playa. Al que le guste bien, y al que no... al campo o a la montaña.