
Lo de ser un caballero es una historia que algunos se tienen montada para pensar bien de sí mismos. El que cree actuar "como un caballero", está convencido de que sus gestos caballerescos son demostraciones de consideración hacia otras personas. Pero en realidad eso es una engañifa.
Les pasa como a Don Quijote cuando quería salvar a alguien y al final era mucho peor. La diferencia es que a Don Quijote se le perdonaba todo, porque era un estupendo loco de ficción, pero a los caballeros andadores del siglo XXI más les valdría reencarnarse en musarañas y pulular por la estratosfera del falseo.
Yo hace mucho tiempo que renuncié a ser una señorita sólo para que el gremio caballeresco dejara de empeñarse en tomarme el pelo. Me empeñé en ser sólo una mujer y, a veces, con esa actitud, he conseguido que algún que otro caballerito se resignara a dejar de serlo, se relajara y se olvidara de tener que salvarme a mí.
Incluso había llegado a creer que ya eran una especie en extinción, cuando hace poco me encontré con uno. Un engendro curioso, mezcla de caballero y de persona normal. Ahora creo que yo tendría que haberle sugerido que dejase de actuar como un caballero y se diese cuenta de lo absurdo de su representación hacia sí mismo. Pero hubiera sido inútil. De todas las artimañas inventadas para eludir la autenticidad, la del caballerismo mal entendido es la peor de todas. Al final esos montajes convierten al mejor de los hombres en un pequeño y asustado cobarde.
Espero no cruzarme a ningún caballero más en todos los días de mi vida.
Prefiero a la gente normal, llena de defectos.

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