Algunos días son especiales. Especialmente horribles. Pongamos por ejemplo... Hoy. La tarjeta del garage se me ha quedado atrancada dentro del chisme donde hay que meterla. No me la pueden reemplazar hasta quién sabe cuándo, después de haberme pasado casi tres meses intentando conseguir la que tenía. Es sólo el comienzo. Luego, por evitar darle a un coche mal aparcado he acabado dándole al mío con la puerta del garage. Casi pierdo una bufanda. Me ha llegado el recibo del seguro. No me han dado una subvención que solicité hace un par de meses. Es un día horrible porque hace frío, las vacaciones se retrasan más de lo previsto. Y hace frío, ya lo he dicho.
Al final he decidido dejar el trabajo antes de tiempo y me he metido en el cine. Sola y sin palomitas, porque improvisar no da para más y casi no llego a la sesión. Y algo mejor que entré he salido. Porque, aunque es lo que se critica del cine de Hollywood, he pensado que si tuviera la suerte de la protagonista, Cameron Díaz, que se pone a navegar por internet y acaba en la casita inglesa de Kate Winslet y encima llama a su puerta Jude Law... En fin, eso hubiera arreglado un día como el de hoy, para qué vamos a engañarnos. A Cameron, bueno a su personaje, le arregla bastante más que eso. Y no digamos a él. Al final de esa película, todos están mejor que empezaron. Lo justo era que yo saliera del cine algo menos triste. Porque estoy cansada. Y hace frío. Quiero decir, insisto, que como por ahora nada de eso me ha pasado, me contento con el buen rato que he pasado con la peli. Ver a gente tan guapa siempre sienta bien. Y, por qué no, también sienta bien que te cuenten cómo, aunque les está saliendo todo horriblemente mal -sobre todo al personaje de Kate, con el típico complejo de segundona- al final de la historia absolutamente todos los personajes son más felices.
De verdad, hace falta que se hagan películas así para días como hoy. Me ofrezco a inventar un guión para la próxima.