... no es que los perros tiendan a parecerse a sus dueños. Tampoco que los amos acaben pareciéndose a sus canes. Pero sí que es empíricamente demostrable que algunos dueños de perro, a base de tratar a sus perros como si fueran personas, acaban tratando a algunas personas como si fueran perros. Pérdida de perspectiva.
Como la de aquel que decía que el siglo XX había sido el siglo de los derechos de las mujeres y que, por lo tanto, el XXI iba a ser el de las ballenas, los toros y las gallinas ponedoras. Me resisto a tomarme ese argumento en serio por lo que eso supondría de ofensivo para mi condición de persona, por cierto mujer. Prefiero pensar que más bien se refiere a que Darwin tenía razón, o a una especial introspección en cierta obra de Kafka, acompañada por considerables dosis de alcohol y alguna que otra droga más. Quizás se trate de que la religión triunfante del presente siglo, superando el hermano oso de Francisco de Asís, vaya a ser la de la reencarnación animal. De ser humano a ser gusano, no estaría mal. O, si no, que a partir de 2001 hay un nuevo IRPF y ahora es el IRAP o impuesto sobre la renta de los animales personificados. Ciertamente, la plusvalía de los burros de molino siempre se la llevó el molinero, tremendo abuso patronal. De ahí la obra de Orwell, que algunos malentendieron como una metáfora de otra cosa, cuando lo cierto es que se refería a un acontecimiento real.
Nadie puede negar que hay perros que viven mucho mejor que muchísimas personas. Vistas todas estas razones, que una señora embarazada diga que, por supuesto, su perro llegó antes que su hijo es perfectamente lógico. Más aún, es un acto de justicia. De hecho, es una expresión adelantada de los signos de los tiempos. ¿O es que nadie se da cuenta de que, de nor ser por Snoopy, Charlie Brown sería un perfecto desconocido? Eso sí, el famoso perrito tiene los ojos de su dueño. Otra prueba más de que hay una gran verdad en todo esto. 
(Snoopy y Charlie, en feliz compañía)

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