Cuarenta factorial
El sábado fuimos a una fiesta con título: Cuarenta años, cuarenta amigos. Cuarenta factorial, pensé, luego, cuando completamos el pleno de la noche de cumpleaños colectivo. Cuarenta años, cuarenta amigos, ¿cuarenta botellas en la barra libre del hotel? Cuarenta por doce, copas. Cuarenta por cinco, canciones de los ochenta. Con un pincha que de vez en cuando se asomaba a Shakira o a Paulina para recordarse a sí mismo que había llegado hasta el siglo XXI. Cuarenta por ocho invitados, amigos, enemigos, familiares, esposas, padres, cuñados, hermanos, suegros...y arrimados. Entre ellos, cuarenta y... doble o nada, dicen...¿algo?... a lo mejor un poco borrachos. Reencuentro y confusión del tiempo. Cuarenta por cuarenta fotos proyectadas, una tras otra, en una insondable y parlanchina pantalla al fondo de la pista de baile. Cuarenta por trece anécdotas, con todas las vivencias de cuarenta, amigos, cuarenta años, resumidas en el lenguaje de la instantánea. Cuarenta por...¡ejem!, colillas, el ocaso de los espacios sin humo. Cuarenta por mil, envidiables, buenos recuerdos que han conseguido reunir a toda esa gente en una fiesta con título.
Me pregunto cómo es posible seguir conservando la pequeña amistad de la última infancia a través del cansado tramo de la adolescencia y el difícil proceso de ser adulto, profes
ional, quizás padre, quizás marido, quizás ex marido, quizás todo, quizás nada, quizás parte de todo, quizás en camino hacia parte. El caso es que hay cuarenta tipos que lo han conseguido y supongo que ese es el motivo que tenían para celebrarlo. ¡Enhorabuena! Además de estar vivos y de poder brindar, cuarenta brindis, ¡ejem!, y el fracaso de la ley seca.
