Quedarse viendo El hijo de la novia hasta las doce y pico merece la pena sólo por la declaración de desamor que Natalia Verbeke le hace a Ricardo Darín en una cafetería de yo no sé dónde, ni me importa. Vestida de rojo, creo, o al menos con una boca enorme, roja, y ojos verdes, marrones, negros, qué se yo, abiertos.
Y ocurre que se decide, Nati, Natalia. Porque no puede oír más veces lo mismo. Ya no quiere atender más a las voces que le dicen que no hay que actuar así. O que ser cobarde es lo apropiado, lo bueno para cualquiera. Lo que ha escuchado siempre: que así no se consigue engañar, siendo sincera; y que sin engañar no se consigue nada. Que lo que se siente es mentira, o relativo, que es como nada de nada más, faltarse en todo. O que las cosas se pasan con el tiempo, como la vida. Y que... que le han confundido el amor propio, que es quererse bien, con el orgullo, que no sirve a nada. La humildad, que es ser verdadero, con el estar en su sitio, para morir sin llegar a encontrarlo. Ni a encontrarse. Es de las cosas que haría. Porque sabe hablar. Porque está cansada. Porque sabe que siente. Y qué siente. "Porque yo valgo la pena", Nati, con ojos enormes, sin bajar la cabeza. Y que "yo no te iba a dejar jugar conmigo" -¡eso es!-, aunque "te agradezco que no quieras jugar conmigo" -¿qué te creíste?-. Y ya está. Me levanto ahorita mismo y me voy por la puerta de la cafetería de no sé dónde, ni me importa, Nati a Natalia, si te quedas ahí o no lo haces. Yo ya me he ido, sin orgullo sino muy triste, pero entera, con mis ojos y mi boca llorando porque sí que te quería y tú a mí no. Y este cachito de guión me lo quedo, Natalia a Nati, bien aprendido. Por si viene a hacerme falta, ya me lo sabré sin pestañear, como tú lo haces, diciéndolo con los ojos y con la boca entera, roja, enorme: "Yo valgo".

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