Cuando los gobernantes de la ciudad descubrieron la literatura del realismo mágico quedaron seducidos por la mística de novelas y relatos en los que fantasmas y humanos convivían en unos mundos etéreos y misteriosos. Subyugados por el descubrimiento, leyeron tantísimo como Alonso Quijano en su tiempo y, de su hispanoamericana locura, surgió todo un proyecto urbano que empezó con la inauguración de una biblioteca municipal íntegramente dedicada a sus autores favoritos.
En el primer pleno municipal que tuvieron tras ese evento, su euforia era tal que decidieron que la estética de la ciudad debía ser renovada, y adaptada para hacerse digna de ser escenario de una historia de Macondo.
No tardaron mucho tiempo en trazar el plan urbanístico. Un plan que consistió en quitar todo aquello que diera vida al centro de la ciudad, intentando conseguir así el idóneo ambiente de cuento de muertos. Lo primero fue eliminar el transporte público y, por supuesto, el privado, montando un tranvía fantasmal que circulaba vacío y daba vueltas y vueltas sobre raíles sinuosos, muchas veces traicionerarmente escondidos. Poco a poco, así, consiguieron que los comerciantes empezaran a cerrar locales y a trasladarse a otros barrios, cuando no a arruinarse y a sumirse en el olvido y el anonimato de los centros comerciales y las grandes cadenas.
El efecto de la urbanística del realismo mágico fue contundente, porque también muchos de los habitantes del centro de la ciudad acabaron mudándose, desesperados ante la ignominia de vivir condenados a no poder llegar a casa o salir de ella con la misma naturalidad que siempre. Sólo los más ancianos, que no se resignaban a abandonar los hogares donde habían vivido todas sus vidas, se quedaron en ellos. Con esto, el paisaje humano cada vez se parecía más a uno de leyenda y los concejales, alcalde a la cabeza, cada vez estaban más orgullosos de sus logros.
Sin embargo, no eran suficientes. Los políticos se devanaban los sesos buscando la forma de conseguir una ciudad auténticamente literaria. Y para eso hacían falta fantasmas. Que no había, porque desde hacía tiempo casi todos ellos se habían trasladado al ajardinado cementerio, de donde se negaron a moverse a pesar de que el alcalde les ofreció varios edificios oficiales, que también habían quedado vacíos y ahora no tenían ningún uso concreto.
Aquello, el problema de no tener fantasmas, parecía amenazar el sueño de recrear la aldea de Pedro Páramo. A pesar de que se contrató a algunos aspirantes a escritores para que hicieran de ingenieros, ninguno de ellos consiguió encontrar la solución a la ausencia de espíritus. Y eso que intentaron buscar nuevos muertos abriendo un montón de obras, eso decían, para hacer un metro. Pero no encontraron ni una tumba.
Y cuando más imposible parecía, a ceguera de todos, empezó a suceder.
Y sucedió que los ciudadanos fueron convirtiéndose ellos mismos en los espíritus pobladores de la ciudad. Unos, peatones atropellados por bicicletas despistadas en la caótica y renovada avenida que era el eje del casco histórico. Otros, ciclistas arrollados por el tranvía que, vacío, circulaba y circulaba sin avisar sólo cuando a él le venía en gana. Algunos, reventados de caminar de una punta a otra del enorme centro urbano, infartados por la prisa de no llegar a tiempo al trabajo porque los autobuses los atrapaban en retrasos de más de media hora cada mañana. Finalmente, los últimos que quedaban, alcoholizados por recorridos eternos de bar en bar y de tasca en tasca, desesperados por calmar la ansiedad que les causaba estar encerrados en una ciudad cada vez más fantasmal, cada vez más muerta, sin taxis para salir, sin posibilidad de regresar, de cambiar, de huir... Cada vez más vacía.


Precioso y preciso post. ¡Gracias!
En la foto fija de la noche del sábado podrían aparecer las miles de personas vistiendo camisetas negras con un logo extraño ávidas de comida/bebida/sexo/taxi (estas opciones no son excluyentes entre sí) que poblaban el fantasmagórico centro, y enmedio, yo misma con cara de "El grito" de Munch.
Yo ya me voy a ir comprando la sabana y las tijeras para sentirme integrado. Que luego te miran raro. jeje. MMUUAACK.
Bueno!!! Me ha encantado, Myriam! Eres genial, y este post está estupendo no sólo por lo bien que escribes, la historia y la idea está muy muy bien.
Muchos besos.. Nos vemos en los bares y en los blogs!