Hay una caja diminuta que encierra en ella toda la soledad de un encuentro.

Contiene cuatro miradas, media sonrisa y, a medias, bastantes más, reprimidas, retenidas con los ojos, desechadas con un gesto de mentirosa indolencia o disimuladas desviando la vista a un lado, justo así. Tesoros abandonados en cuestión de diez segundos, de quince horas, de dos noches o una tarde. Cinco copas, humo de velas, con la absoluta seguridad de llevar el freno puesto en un madrugón de tráfico, radios de diales perdidos y caminos sin luces hasta llegar a la ciudad.

Medio dormidos, callados, sabiendo que ya amanece.

Medio despiertos, sintiendo que el pacto de sacarse el uno al otro de las cajas vacías, siquiera un día y medio, consiste en agarrarse fuerte y firme a los silencios, liberarlos al decir, sólo y suave, algo que nunca te hiera, porque te estoy viendo de frente, pero que sí pueda rellenar un poquito la caja de tus miedos, sin rebosarla, rozando mis dedos y dejándome las huellas dactilares de los tuyos, antes de irte.

Lo esencial de ti no es invisible a los ojos, sino tan transparente que sólo puede tocarse con las manos del silencio.

Por eso sé, que te he visto.

(Un pájaro me llevó a enseñarme la Rosa de los Vientos)