Mañana de brumas en la aldea del olvido. Todos los vecinos nos hemos despertado tarde, sin sueño ya, con la hartura y el sinsabor de haber tenido que dar muchas más vueltas en la cama de lo que es habitual en este pueblo, mientras se deshacía la noche inagotable que hoy nunca se despedía de la ventana. Vueltas y revueltas. Para el lado del corazón una. Otra para el de la cabeza. Desconciliados, esperábamos que el gallo avisara que llegaba el sol, otra vez, como cada amanecer. Y aún estaríamos esperando si no nos hubiera entrado a todos, casi al mismo tiempo, una voraz hambre de pan recién hecho, a causa de un olor penetrante, tan real como la humedad de la tierra, pero que no podía venir de otro sitio que de nuestro recuerdo.

Los aldeanos, sin canto de gallo, hemos salido deprisa de las habitaciones de madera donde habitamos. Son casas de nadie, como cajitas, en las que nos recuperamos muy lentamente de los golpes del destino, que nos han dejado mudos casi por completo. Sin palabras, menos algunos, que sabíamos hablar con letras de derecha a izquierda y que por eso a veces volvemos a la ciudad a trabajar y a hacer vida de indios, como si nada hubiera pasado.

Hoy íbamos todos con la cara lavada, el aire plomizo de las brumas de diciembre sobre los ojos abiertos, anhelantes, buscando perdidos el aroma del horno dorado, imaginado, crujiente en cada una de las panaderías del olvido. No estaban cerradas, pero sólo había pan crudo. Nos hemos ido cruzando, todos con todos, sin vernos, ninguno a ninguno, detrás del pan que seguía crudo en cada dispensario de memorias magulladas, por culpa de no saber cruzar el arco del presente sin el pasado.

No ha sido posible. Volvemos ahora a la vigilia. Sin habernos alimentado, no creo que esta noche nadie duerma en la aldea del olvido. Nunca llega, el acordarse de lo que se ha ido sin un poquito de tristeza. Y el pan está malditamente crudo, pero aún así lo comemos para mantener el deseo de encontrar, algún día, imágenes nuevas de lo antiguo, sabiendo que no es posible, confundidos en la bruma.

Con los panes crudos sólo conseguimos que el hambre del recuerdo siga siendo mucho más fuerte que la inalcanzable y engañosa calma, del silencio.

(El amor sólo llega, de vez en cuando)