El año nuevo se ha vuelto del revés desde el primer día y todas las previsiones ya están siendo contradichas por la luz del cielo, que no es gris, sino amarilla y blanca, otra vez, justo como ayer y antes de ayer. No hay absolutamente nada nuevo ni extraño en el color de las sombras de los árboles, ni las líneas de la mano han cambiado para ninguna de las personas que rodean el corto camino hasta el puente, sobre el río, donde hay una orilla verde con un árbol doblado, medio sumergido en el agua a causa de la sed del estío. Y seguía así, torcido, esta mañana como las otras.

Decían que el curso del tiempo cambiaría con las doce en punto, como a las princesas de los cuentos se las convierte en pordioseras sólo con toques de campana y van perdiendo zapatos, bolsos, y el decoro, dejando en un desconcierto bobo a los príncipes sorprendidos de que las cosas no sean tan fáciles como en los anales de sus ancestros. Hoy ni eso, porque la única princesa que se sienta junto al río se ha negado a acudir al baile de nochevieja, con la excusa de no tener más ganas de confirmar que las teorías de los cuentacuentos, que transitan de sala en sala de fiesta infantil para ganar dinero, son historias trucadas, tan equivocadas como los pronósiticos del clima, que no ha cambiado de ayer a hoy por mucho que los que trazaban líneas sobre un mapa habían alertado a toda la población de que llovería cincuenta horas seguidas y se inundarían los márgenes de los ríos, hasta cubrir incluso la copa del árbol torcido.

Pero nada de eso ha ocurrido y, quien lo sabía, ha preferido dormir a bailar toda la noche, para acudir temprano junto a la orilla verde, a esperar a los pájaros que van de paso hacia las marismas cercanas y traen en los ojos promesas de vidas venideras sin la terrible maldición del sueño de cien años.

Porque las existencias condenadas a cien años de sueño tampoco tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

(Con permiso,
de la soledad al sueño
también hay cien años)