En una tierra escondida, alejada y hecha remota por el sentido del tiempo o por el desorden ocasional de los astros que se van chocando en la extratosfera, o más allá, es así que se cuenta que vivía una hermosa reina que sólo era conocida por algunos pocos de los súbditos del pequeño principado, al sur de las montañas, donde había sido hecha prisionera.

Lo raro y especial de la historia de esta reina ya ha sido descubierto, tan pronto en este relato, y no era cosa distinta del hecho de llevar más de doce años retenida en un estricto cautiverio, al sur de las motañas, como se ha dicho.

Pero lo que resultaba muchísimo más extraño aún, a todas luces, creando sombras que sirven al propósito de esta narración, era que nadie en el principado sabía los motivos reales de su reclusión. No se tenía noticia de que hubiera sido enemiga del príncipe Lurick, soberano en esas tierras que, además de todo, no tenía costumbre de enemistarse con otros monarcas y señores, pues prefería siempre vivir tranquilo, disfrutando moderadamente de la buena mesa y dedicando gran parte de su tiempo a caminar por sus dominios, respirando el aire limpio de sus campos. Tampoco se pensaba que ella, haciéndose sola consigo malos propósitos contra su señor, hubiera intentado invadir el principado con ejército alguno. Por eso, los pocos cuantos que sabían de su existencia se preguntaban y tenían gran curiosidad en saber por qué motivo cierto y justo la reina había sido encerrada en la parte más alta de una antigua fortaleza real y vivía allí, día tras día, sin que nadie se interesase por liberarla.

No era, como algunos sugerían, que el príncipe Lurick pensase obtener grandes cantidades de oro y rubíes por devolverla, como en un rescate. De hecho, de los pocos algunos, ninguno sabía nada acerca del reino de origen de la bella prisionera, ni si era un reino pobre o rico y próspero. Pero, sobre todo, lo que absolutamente nadie podía pensar, ni consentir que se dijera, era que príncipe Lurick fuera una alma despiadada o cruel y ambiciosa. Porque era todo lo contrario.

Por estas cosas, seguramente, a estas alturas del relato casi todos los que lo siguen con profundo interés habrán podido imaginar cuál era la razón, o sinrazón, por la cual el honesto príncipe no podía, ni quería, dejar libre a la misteriosa reina, sólo misteriosa por el misterio real que rodeaba a las causas de su cautiverio. Y el motivo era, sin saberlo, pero sin dudarlo ni un solo segundo, el desmedido amor que ella había inspirado en la, hasta entonces, fuerte alma del príncipe Lurick, desde el mismísimo día que la conoció, allá en el país vecino donde ambos habían sido invitados con ocasión de los fastos de la coronación del heredero a su trono...

(o que... ya seguiremos,
que de las grandes historias,
de los tiempos remotos,
ninguna de ellas se creó,

de una sola vez...)