La coronación del rey Leandro
O de cómo empezó esta historia, ya anticipada, de la reina cautiva, aún inconclusa, y donde aún no se averiguan los motivos de ese cautiverio, aunque se intuya un conflicto, y donde ni siquiera se da aún el verdadero nombre de la misteriosa reina...
El reino de Oslap estaba exactamente igual de equidistante del principado al sur de las montañas como el mismísimo reino de Oslap lo estaba de este último. Esa era una de las razones, y sólo una, a modo de ejemplo, de que el príncipe Lurick fuera uno de los invitados de honor a la coronación del rey Leandro. Las demás razones eran de muchas otras clases, como políticas, diplomáticas, protocolarias y, por cierto, sobre todo de puro capricho de los tiempos, pues al igual que en los siglos anteriores no se había estilado convocar a toda la realeza insular y continental para cada coronación, o cada entierro, las nuevas modas importadas, o rebuscadas en algunos tratados de historia antigua y doctrina legal, habían dictado que lo puramente legítimo era que todos los soberanos de las tierras conocidas fueran, a la vez, testigos mutuos de cada una de las nuevas entronaciones en cada uno de los distintos reinos, principados, ducados y grandes ducados.
Leandro, heredero del trono de Oslap, iba a ser coronado en la segunda primavera, que en ese reino siempre era invertida por ser en noviembre, habida tras la muerte de su padre. El buen rey Magoldo había dejado expresamente escrito, en un larguísimo testamento ológrafo, cómo debía procederse en los ritos y en los fastos de la coronación de su hijo, Leandro, el cual estaba tan profundamente conmovido por la ausencia de su progenitor en un acto de tamaña importancia para él, como absolutamente apabullado por la idea de que fuera una de las reinas de la región del Norte Azul, y no cualquier otro soberano, la encargada de imponerle la corona y el cetro real. Había sido deseo de Magoldo que así fuera. En parte por deferencia a las hermosas y fuertes reinas del Norte, y, en otra parte más, por una mezcla de intuición y presentimiento que le rondaba en los meses de la fatal enferemedad que acabó con su vida, y que le hacía pensar que, de esa manera, conseguiría que su hijo se uniera para siempre a una mujer verdadera y noble, como, era sabido por todos, eran las mujeres del Norte Azul.
Intuición y presentimiento, mezclados, si bien no del todo adecuadamente encaminados por la sóla culpa del devenir de los acontecimientos, tal y como se irá desvelando.
Según la última voluntad manuscrita del difunto rey, el mismo día de su fallecimiento uno de los caballeros de su consejo habría ido personalmente, cabalgando sin descanso, a entregar a cada una de las once reinas de la región del Norte Azul las cartas en las que se las invitaba a acudir a sus funerales, que tendrían lugar esa misma semana. Transcurrido el tiempo establecido, nuevamente se las esperaría en Oslap para la coronación de su hijo. Siendo así que esto habría ocurrido, según las órdenes dejadas por el rey Magoldo, en una de las once cartas él mismo estaría solicitando a una de las once reinas que presidiera la ceremonia de coronación del heredero de Oslap. Sólo a una. Una que sería elegida por el azar del desorden de la entrega, para la cual el noble consejero no tenía ninguna instrucción más que recorrer los once picos de nieve que formaban cada uno de los once reinos azules. Una que, además, debería mantener el secreto hasta el mismísimo día de la coronación, pues nadie más que ella sabría de su condición de maestra de ceremonias en tan solemne ocasión. Todo ese entretenido juego había sido detenidamente meditado por el anciano rey, de manera que, según había previsto, ocurriría que los sentimientos y las expectativas, tanto de Leandro como de esa misma reina, irían chocándose en el interior de sus conciencias, cruzándose en sus sueños, confundiéndose, excitándolos y removiéndolos de modo tal que, en el momento en el que sus ojos se cruzasen, o en el instante mismo en el que ella colocase sobre la cabeza del heredero la ancestral corona de Oslap, ambos quedaran unidos para siempre. Concebía Magoldo, de este modo, que era posible que el juego con los sentimientos diera un fruto duradero, confiando en la inocencia del corazón de su hijo, en la nobleza que caracterizaba a todas las reinas de la región Azul, justo en el norte, y sabiendo, a conocimiento cierto de padre viudo que vio crecer desde el trono a su hijo, la naturaleza aún insegura de Leandro quien, sin duda, necesitaría de un pequeño empujón paternal para atreverse a mirar como mujer a una respetada reina.
El día de la coronación, Leandro, aún príncipe, se levantó exultante. Casi tanto como luminoso amaneció, de primavera, el mismísimo, radiante, día de la coronación. Había llegado el gran momento y, además, acababa de vivir el trance mágico de conocer a las once reinas del Norte Azul en todo el esplendor de sus imponentes presencias. La última vez que las había visto, rigurosamente enlutadas en los funerales de su padre, no le habían parecido muy distintas de cualquier otra reina más cercana. Pero esa perspectiva cambió, radicalmente, la noche anterior al día de la coronación.
Todos los reyes, príncipes, duques y grandes duques, insulares y continentales, habían ido llegando a Oslap a lo largo de la semana anterior, siendo justo el último día antes del señalado para la proclamación del nuevo rey, cuando había llegado una comitiva de once carruajes grises y blancos, o igual plateados, donde viajaban las once reinas de la región del Norte Azul. Por la noche todas ellas habían asistido al Baile de Lunas, que tradicionalmente se celebraba siempre en Oslap cada víspera de coronación, y que se llamaba así porque sólo se bebía una mezcla achampanada, con sabor de frutas espumosas, que se servía en copas de cristal. Y parecían lunas. Flamantes y majestuosas, las onces reinas se habían convertido nada más entrar en el salón de baile, en el centro de toda la atención de los príncipes y reyes solteros, de hasta alguno de los casados, así como en la comidilla de algunas de las princesas, envidiosas, que asistían a las coronaciones con la nada oculta intención de conseguir un prometido. Ante las deslumbrantes mujeres del norte, de repente veían peligrar el buen fin de sus proyectos nupciales. Para Leandro, igual que para el resto de los hombres que llenaban el salón de copas achampanadas, la visión de las once reinas era como un regalo de los sentidos, un golpe de suerte del destino, preparado con tantísimo cariño por su padre que, desde algún sitio, pensaba él, lo estaría observando como había hecho siempre cuando estaba vivo.
Si todo hubiera transcurrido tal y como Magoldo lo había prefigurado, previsto o preimaginado, el
final de la historia de la reina cautiva habría llegado al día siguiente al Baile de Lunas, con un flechazo, amor desmedido, gratuito y desbordado, de Leandro por una de las once, y de esa entre once por él. Sin embargo, si esto hubiera sido así, esta historia no se estaría llamando de la reina cautiva, sino de la reina azul de Oslap o de la reina enamorada. Y es que con lo que casi nadie, ni el propio Magoldo ni ninguno de sus consejeros, había contado era con la posibilidad de que otro rey, príncipe, duque o gran duque cayera igualmente deslumbrado, abatido, loco de amor, por aquélla, de las once, elegida por el azar de unas cartas entregadas dos años atrás, en sobres lacrados y con el sello del rey de Oslap.
(...continuará,
cuando sepamos, cómo...)


Dónata dijo
Vaya, pues sí que tenían lío estos...
28 Febrero 2008 | 06:26 PM