O de cómo la reina, cuyo nombre copiaron para una ciudad que se conoció muchísimos "años juglares" después, empezó haciéndolo casi bien, aunque acabó trabucándolo todo, por diversas causas mezcladas, entre las que estaba su peculiar carácter, del que aquí se habla, y a pesar de que nadie, nunca, supo, exactamente, por qué o, más bien, dónde estaba el origen de todo, y, sin duda, fue así...
Ser reina, no es nada fácil. Nadie dice que ser rey lo sea. Pero, mucho menos, siendo mujer y haciendo las mismas cosas que los hombres, todo el tiempo, y muchísimo menos aún siendo una de las once reinas del Norte Azul sin tener, a pesar de nada, ninguna inclinación a mandar, ejercer el poder o ser tratada como un ser distante y misterioso. Esto, y no otra cosa, era lo que hacía que Verona se levantara todos los días en su reino nevado ofuscada y contrariada por tener que emplear las horas de sus días haciendo cosas tales como despachar con sus ínclitos consejeros, asistir a la recepción cotidiana de súbiditos peticionarios, almozar, cada día, con un diplomático chismoso, con un comerciante poderoso o con un noble esquivo, asistir a los oficios religiosos, pasar las tardes enteras en larguísimas reuniones preparando estrategias multilaterales que, en tiempos de paz, no servía absolutamente para nada y, finalmente, acudir al final del día a este u aquel concierto, o inauguración, o cena de homenaje, o lo que fuera que idearan sus displicentísimos consejeros, que la aburrían, como no podía ser de otra forma, soberanamente.
Si, al menos, le hubiera quedado tiempo al día para cabalgar hasta alguno de los castillos de sus otras diez compañeras o para ensayar obras de teatro con un grupo de cortesanos, Verona hubiera sido mucho más feliz. Pero nada de eso era posible, pues sus labores como jefe de Estado la absorbían completamente. Aunque fuera un reino tan alto como su montaña, más tan pequeño como su única ladera habitable, siendo lo demás partes rocosas, su extraordinaria situación estratégica hacía que fuera un enclave fundamental para la defensa de toda la meseta. Aunque en tiempos de paz, hay que recordarlo, nada de eso servía, absolutamente, para nada.
Por eso, y no por cualquier otra circunstancia inventada o puntual, es por lo que cuando Verona recibió la misiva del ya entonces difunto rey Magoldo pensó: "menos mal, un viaje, por fin, al menos". Aunque no se alegró por la muerte del anciano rey, al que había visto sólo en un par de ocasiones anteriores, sí que lo hizo por la perspectiva de viajar con las otras diez reinas del Norte Azul y de poder alternar con toda la realeza insular y continental durante los días que duraran los funerales y, más tarde, cuando se celebraran los festejos del advenimiento del nuevo rey. Lo que no le gustó tanto es seguir leyendo la carta y descubrir que, aún yendo invitada a Oslap, tendría que ejercer de maestra de ceremonias en la coronación de Leandro y, aún peor, seguir un montón de instrucciones que Magoldo había dejado escritas en un diario secreto que ella tendría que recoger de sus aposentos cuando asistiera al duelo real, dos días después.
Todo esto a Verona le provocó un sentimiento de pereza tan estridente que estuvo apunto de fingir una jaqueca agresiva y de disculparse ante el príncipe Leandro por no poder viajar hasta Oslap. No obstante, la posibilidad de que sus consejeros la torturaran durante toda la noche con listas interminables de razones impotentes por las que debía asistir a las exequias de Magoldo, la hizo recapacitar.
Verona estuvo en Oslap, en los funerales. Una fugaz visita de ida y de vuelta que le supo a poquísimo, sobre todo por la cantidad de tiempo que tuvo que emplear en buscar y hacerse con el diario real, y el escaso que le quedó para el alterne, dadas las estrecheces del duelo. Incluso siguiendo las instrucciones de Magoldo, fue difícil encontrar el libro, que era bastante más pesado de lo que Verona había considerado. Lo más complicado fue sin duda sustraerlo de la alcoba real sin que nadie la viera ni sospechara nada al respecto. Notaba, sobre todo, que el joven príncipe Leandro no le quitaba los ojos de encima. Pero como esa actitud era exactamente la misma que mostraba con las otras diez reinas azules, simplemente pensó que Leandro debía ser un mujeriego empedernido, torturado por sus propias fantasías, en las que once seductoras reinas rondarían sus estancias íntimas, y teniendo, sin embargo, que contener sus instintos a causa del estricto luto que debía cumplir por la reciente muerte de su padre, el rey. Esas ideas acerca de Leandro le divirtieron muchísimo, porque, en general, las personalidades de los reyes, príncipes, duques y grandes duques de los reinos, principados, ducados y grandes ducados conocidos eran bastante decepcionantes, por estereotipadas y poco originales.
Así que ese, la diversión, y ningún otro que justificara mejor a Verona, fue el motivo por el cual la reina, a pesar de que el diario del rey Magoldo era un auténtico plomo, enrevesado, quisquilloso, desvariado y mal escrito, decidió seguir la propuesta del rey, preparar, durante los dos años siguientes, su actuación estelar en la historia de todos los reinos, y asumir el papel que para ella el destino había elegido.
No obstante lo cual, y sin premeditación ni nada parecido, ni las buenas intenciones de Magoldo ni las extrañas imaginaciones de Verona acabaron resultando en nada similiar a lo que
empezaron siendo, tal y como pasado el tiempo necesario pudo saberse...
(... y también, igual, que ya nos dirán las aves,
lo que venga a ser de todo esto...)

Vaya, tal como lo puntas esto de ser Reina es un rollo. Me suena eso de no tener tiempo para nada, aunque en la version de plebeyo.
Besos