Informe especial para el Hada General

*Localización: cerca de donde sigo.
*Hora: en torno a ésta, aproximadamente -cuando se vea el asunto se sabrá por qué no tengo más datos horarios-.
*Informante: Hada Despistada, o sea, yo, nombre terrenal de hada peculiar.
*Asunto: rastreo de despertador para hadas, perdido en un cuento.

*Antecedentes: Siguiendo instrucciones, cifradas más abajo en La Mala Ventura, he emprendido la ardua búsqueda de un despertador para hadas. "El principio del viaje", lector desconocido, firmó hace días un comentario contundente en estas páginas, avisándome de que debía despertar de los sueños. Seguramente, intuí, eran órdenes superiores, encriptadas en el anonimato del universo digital que utilizamos para encubrir comunicaciones astrales, tal como esta.

A regañadientes, pero obediente, me dispuse a emplearme, concienzudamente, en la heterodoxa tarea de encontrar algo tan molesto como un aparato que se encarga de apagar lo que mejor sé hacer. Es decir, salir de la realidad cerrando los ojos, o con ellos abiertos. La misión es recuperar aquel reloj contrahecho e inoportuno, que tan feliz me hizo, precisamente, en el cuento en el que lo perdí. No obstante, tomo en serio la tarea.

*Pesquisas hasta el momento: A regañadientes iba, al principio, sin saber dónde buscar, hasta que encontré a dos rastreadores de senderos en un ático de ciudad, una tarde de mucho calor. Según dijeron, hablando de ensaladillas, cultivaban cebollas en un congelador. Ese comentario, tan inusual en gente del mundo real, me hizo pensar, por su particularidad, que quizás ellos conocieran caminos distintos de los que veo aquí, en este sitio, donde pasan las horas, donde todo es asfalto, gris, y muchas luces falsas, verdes, rojas, parpadeos amarillos, discos blancos y triángulos de muchos tipos, o vehículos a motor de diversos tamaños. Como los rastreadores me vieron interesada en lo de los cultivos raros, creo que les caí bien. Así fue que me dijeron que los siguiera en una ruta, conocida por ellos, por una Sierra de las Nieves que yo no tenía trazada en ninguno de mis mapas mágicos. Esa posibilidad, deambular por un espacio fuera de mi destino actual, me hizo pensar más aún: quizás lo que no puede encontrarse cerca, es porque está en otra parte. "Sólo nos derrota lo que no intentamos", recordé la consigna del comentario cifrado. Decidí acompañarlos.

A pesar de mi entusiasmo, a mitad del camino empecé a dudar de que esos pensamientos iniciales hubieran sido del todo acertados. Empezamos a caminar por la sierra, los rastreadores y yo, y todo parecía igual que en los paisajes de cuentos fantasmagóricos, donde no hay hadas, sólo lagartijas sin cola y árboles retorcidos. Empezaba a preocuparme estar perdiendo el rumbo, pero dejé de hacerlo mirando el horizonte, limpio y nuevo del día. Poco a poco, confiando en la intuición, las cosas fueron apareciéndoseme tal como son, por fin, y empezamos a encontrar pistas verdaderas.

Llegados a un punto, antes de poder decidir acerca de mucho más, nos paramos. Y allí estaba. No mi despertador, quiero decir, sino allí, frente a nosotros, se encontraba una de las puertas a los lugares mágicos, de esas que hacemos con piedra y que abrimos aquí y allá, sólo para poder transitar de nuestro mundo a éste. Según los rastreadores de senderos, era un pozo de nieve. Me hizo gracia que lo llamaran así. Contaban que, en otros tiempos, utilizaban las puertas para recoger nieve, prensarla y llevarla a los pueblos cercanos. Debió ser por eso que hubo un periodo de la Historia en el que no pudimos llegar hasta aquí, cuando aquellas guerras. Por mi parte, puse cara de interés y hasta les hice preguntas. Me aguanté bien la risa. Se ve que todas las estrategias que utilizamos las hadas para encubrir puertas mágicas dan resultado. Sin duda ellos estaban convencidos de lo del pozo y la nieve, y hasta estuvieron especulando con la posibilidad de trasladar el cultivo de cebollas a aquel sitio, "mejor que en el congelador, para el próximo invierno" -decían muy serios-. Me inquietó ese tema. Me propuse enterarme de si finalmente intentarían hacerlo, para disuadirlos, no fueran a bloquear las puertas mágicas. Sería un verdadero conflicto diplomático.

(Nota: adjunto foto del estado de la puerta; quizás habría que mandarla limpiar, para pasar mejor)
Segura, ya, de que era posible encontrar objetos mágicos en aquel lugar, me puse muy contenta y continué. Seguí los pasos de los rastreadores sobre piedras, raíces y tierra, subiendo hasta un pico que parecía cerca y lejos, según se mirase. Y, cuando llegamos arriba, allí estaba. No mi despertador, nada de eso, pero sí un buzón de conjuros de esos que sembramos de vez en cuando, en cualquier lugar, para trasladarnos aquéllos que son más secretos de unas a otras. Dijeron entonces los rastreadores que el buzón estaba allí para los montañeros, que subían y dejaban sus firmas y papeles de muchos tipos. Volví a aguantar la risa, pensando en los pequeños engaños con los que nos camuflamos las hadas. Mientras, miraba a todos lados en busca del mar, que me mandaba brisa fresca.

Vinieron muchos pájaros a hablarme ese rato, ante el asombro de los rastreadores, que sin embargo no parecieron sospechar nada raro de mí. Estaban muy ocupados desechando la idea de los cultivos en las puertas-pozo, considerando que con tanta ave por allí las cebollas crecerían mejor en su congelador. Cosas de ellos. Ninguno de los pájaros había visto mi despertador, pero los envié a buscar en los pueblos cercanos, que se veían, pequeños y callados. Por si acaso las cigüeñas sabían algo de eso.

*Conclusión: Finalmente volví sin él. Sin mi despertador, quiero decir. Pero fue un recorrido interesante con los cultivadores de cebollas. Sabían cosas acerca de por qué algunos hombres son felices. Pero otros, no. O sobre por qué es mejor ser verdadero, aunque los demás no lo entiendan. Pasaré notas al respecto a través de la Ouija, por si algo se puede hacer para mejorar los conjuros. Por lo demás, casi seguro que no se dieron cuenta, ni averiguaron que soy un hada. No hay peligro, para nada. Sólo me preocupé cuando bajamos a una fuente que había a media ruta. Estuve a punto de delatarme sin querer. Y es que, terminé de beber agua de montaña, tan saludable para cualquier ser mágico, e instintivamente fui a cerrar el grifo para que no se desperdiciara ni una sola gota de tan preciado líquido. Esta vez los rastreadores sí que me miraron con cara rara. Fue un momento de tensión porque, de repente, fueron ellos los que empezaron a reírse. Me preocupé considerablemente. Quizás -temí- sabían nuestro secreto, eran brujos y querían despistarme, más aún, y robar algún hechizo. Pero en seguida quedó claro qué pasaba: como ellos no podían ver el grifo mágico, creían que yo había confundido la fuente con un fregadero de cocina. "Ni que fuera la primera vez que vas al campo", -se burlaron-. Yo les dejé seguir con esa idea, para disimular otra vez. Incluso me reía, para aparentar mejor que sólo era despistada, sin ser hada. Les dio para un buen rato la broma del grifo invisible, como si cultivar cebollas en congeladores fuera algo muy común entre personas habituales. Todavía me queda un resquicio de duda, ¿serían de verdad sólo rastreadores?... En fin, cosas de esta hada, algo despistada, en la línea entre lo que es, y lo que también es, aunque sólo pueda percibirse cuando hay, deseo de deseo.

*P.D.: Por supuesto, en cuanto se dieron la vuelta, cerré el grifo.

( A los rastreadordores de senderos: si, en cualquier ruta, encontráis un despertador, avisad a un pájaro.
Y, si encontráis una fuente de montaña abierta, cerrad el grifo)