Diario de Campo Astral. Página 23.
Fecha, del día de la fecha.


Inquieta y desconcertada, así me hallo. ¿Será tan difícil recuperar mi despertador? Las señales que me incitan a empeñarme en la búsqueda se hacen cada vez menos sutiles y, en su insistencia, advierto la premura de ése, quién sea, que dirige, secretamente, mi agenda de hada en misión de realidades mundanas.

Hace dos noches soñé con relojes que se derretían como si fueran chocolate blanco puesto sobre una plancha de asar tomates. Fue una pesadilla terrible. Primero por el asunto del chocolate, que no hay otro más nocivo para las hadas que ese al que le han quitado toda la sustancia de cacao y sabe a flores. Pero también porque, entre todos esos relojes que desaparecían, lo vi. Lo vi, lo vi, lo vi, sólo un minuto antes de que el sueño se disolviera, como azúcar en el café de la mañana, y ya no lo viera más. Mi despertador se había esfumado en un sueño, como si me culpara todavía por haberlo abandonado en aquel cuento infantil.

Ese día me levanté contrapuesta, que es como indispuesta, pero sin el mismo sentido. Todo un cúmulo de incomprensiones asaltaron mi cabeza. Turulata, anduve así toda la mañana de trabajo. Y también persistió igual la tarde, sin acertar con el teclado del ordenador, que parecía mover de sitio las letras blancas a voluntad ajena, como si la ouija estuviera dominando la voluntad de este aparato fabricado en Japón. En una de esas, persiguiendo a la letra Zeta, de repente el navegador entró, sin que yo cifrase clave alguna, en La Mala Ventura, de nuevo, poniendo delante de mis ojos lectores una nueva misiva cifrada en palabras malabares. "Fuente en el Camino" firmaba un comentario importante, en el que me brindaba dos pistas contradictorias. En una de ellas sugería que mi vuelta a Ítaca era inminente, lo cual me recordó que, ciertamente, había olvidado regresar, como correspondía a la sucesión de los hechos recientes y a la herencia recibida de mis almas antecedentes. Pero, ¿y sin mi despertador? Ahora que sé que debo recuperarlo no sería capaz de volver sin él.

La segunda de las pistas me orientaba, sin embargo, hacia un sitio muy singular. Hablaba de un relojero sabio, conocedor de los misterios encerrados entre agujas y segundos parados, cuyos tiempos habían quedado clausurados por un deseo contrahecho. Vivía paralizado, aprendiendo del no discurrir de las horas cosas que nadie más podría entrever, ni aún cerrando los párpados sobre el iris. Presté mucha atención a las indicaciones que "Fuente en el Camino" me daba para encontrar al relojero inmóvil que, al parecer, podía ayudarme con mi despertador perdido: un camino en forma de Zeta -curiosa coincidencia, puesto que había sido ésa la letra impertinente que me había conducido al mensaje-, dentro de un mapa, con un puente que sobrevuela un río que, extrañamente, no puede fluir, pero que, así de impasible, separa dos ciudades enteras dentro de una sola villa.

Nada decía sobre si las aguas estancadas de ese río eran limpias y frescas, lo cual hubiera sido una ventaja a la hora de buscar entre mis mapas mágicos aquél del que se hablaba. Hay muchísimas más villas divididas por ríos resignados, a causa de la carencia de lluvias, de lo que la gente sabe o cree. Estuve toda una noche, incluso sin estrellas, escrutando todos los mapas encuadernados, y también los que tengo sueltos en pergaminos de plata. Conseguí, aunque fue una tarea agotadora, seleccionar algunos de los que más se parecían a la descripción dada. Y, después de todo ese esfuerzo, terminé agotada.

Decidí, entonces, dormir concienzudamente hasta que apareciera la luz del día, y, luego, esperar de nuevo a la noche, anestesiada en la indiferente rutina de lo cotidiano, aguardando el instante justo en el que todos no me vieran, para trasladarme al primero de los mapas de villas divididas por ríos de aguas quietas. Si había una villa dividida en dos ciudades por un río inamovible, donde además ocurrieran sucesos mágicos, tenía que ser la misma en la que yo moraba. Aquí, donde sigo cumpliendo los dictados de esta misión terrenal, a momentos más compleja. No obstante, yo tenía dudas solemnes. Seguro que no era casualidad el que en cada uno de los mapas de otras villas, todas de ríos quietos y dos mitades enlazadas por puentes altos, figurase una estrella. Y menos todavía coincidencia el que, a la luz de la luna, se mostrasen esos luceros como rosas de los vientos, exactamente iguales que aquélla que me regaló un pájaro amigo, hace casi doce mitades de meses. Demasiadas señales, todas juntas, confusas, profusas y conflictuales. Motivos que atribulaban a un hada tan abrumada como ésta. No obstante, eran esos mismos signos los que me animaron a sacudir de mi ropa nueva todos los recelos que resquemaban. Miedos contagiados desde pesadillas recientes y fiebre presente, que debía dejar caer al suelo ajedrezado de mi habitación, como restos de migas de pan o manchas de chocolate negro. Y, así, cayeron, bailando en el aire al ritmo de plumas, mientras yo recitaba el hechizo.

Y, así, sin más que todo esto que ya he contado, fue como me encontré sumida en una nueva tarea, que casi acabó siendo aventura: la de dar con el Relojero Inmóvil, que guarda el secreto de los relojes perdidos, y que se relata más adelante, o más atrás, según se piense mejor, en la página 26 de este Diario de Campo Astral.

(A los que quieren,
sólo porque quieren)