Las buenas razones de La Mala Ventura
Momento uno.
Un joven periodista deja su trabajo de redacción, que hasta le gusta, para retirarse a escribir una novela. Está loco, dicen todos. Una conocida lo felicita en la calle por su decisión. Él se sorprende. Estará loca, piensa para sus adentros. ¿Estarán cuerdos, quizás, sólo ellos dos? A considerar antes de hacer juicios.
Momento dos.
Una niña extraña para todos, dentro de una novela escribe una obra de teatro. La escribe con todo lo que ella es. Ella es una niña transida por una realidad dentro de la realidad, que sólo ella conoce aunque, intuye, hay mil realidades durmiendo y viviendo en habitaciones, separadas por visillos y biombos hechos de papel. Que la acechan.
Momento cero.
Una mujer, que pudo ser esa niña, lo reconoce: que pudo serlo. Su realidad, dentro de la inexistente, está proyectada hacia un camino que pasa por ensayos lanzados al vacío, confianza en que alguien los lea. Algunos la toman en serio. Sólo los cuerdos.
La única razón para escribir, buena, mala ventura, es reponer los trazos de la dirección que había tomado, en la tercera realidad dentro de todas las realidades superpuestas que la fragmentan. La otra, espasmódica, es lo inevitable de saberse poderosa, capaz de dar vida a lo que habita en uno de esos tropiezos de abismos interiores.
Momento único. Una poetisa novelando a todas horas. Se encuentra con una escritora en una pantalla de cine. Ciertamente, determina, merece la pena intentarlo, aunque sea siquiera por cerciorar que seguramente es imposible vivir así, tan libre, sólo escribiendo.
lo que escriben los que leen,
aunque sea mentira)
