Retazos
A la generación enviada a investigar el sentido del absurdo se le ha perdido la pista. El control sobre las órdenes recibidas por las musas está completamente perdido y, entre todas, hay una poco notoria llamada Anastasia que ha optado por vivir más en el cielo que en el suelo. La tarea que le han encargado, escribir una historia creíble, se ha convertido en una misión completamente fuera de su alcance. Porque todas las historias conocidas son, bien aburridas, bien completamente inabordables desde el punto de vista de la lógica habitual.
Se ve que hay unos novios que se odiaron desde el mismo momento en que dejaron de serlo. Y no por haber roto y haberse reencontrado en el tiempo, sino por no haberse separado cuando, quizás, debieron. Crearon un hogar invernal en el que conviven el disgusto y el sinsabor de una rutina desganada. Las sonrisas son tan momentáneas y parcas que serían sospechosamente falsas en un análisis natural. Aunque esto no podría contarlo Anastasia en sus ensayos de relatillos o cuentos largos. Es una verdad inenarrable que nadie se atrevería a leer.
Hay, también se experimenta, personas que han elegido cerrar sus casas. Miedos enquistados provocados por desencantos inconfesables les han aconsejado no comunicarse con los otros, no dar el brazo a torcer, no ceder nunca a la esperanza de la ternura, o de la complicidad de mirar a la vez, y luego mirarse, o a la comprensión del que entiende que están así porque han sufrido. No prestar jamas oídos a las buenas palabras, no confiar en la confianza ofertada y no acoger a los peregrinos, desconocidos, que nunca asegurarán la duración, ni el principio ni el fin de sus visitas. Esos ocasos humanos, tampoco valen a las musas, ni Anastasia encuentra otra cosa que desazón en el trabajo de describirlos y exponerlos para el público lector.
En algunas imágenes nocturnas, que recogen y desmenuzan lo vivido durante todo momento anterior, hay sentimientos mágicos y confusos en los que una de las musas al
adas baila arrullada sosteniendo el ritmo marcado por los brazos, las piernas, los susurros regalados de un compañero ocasional. Podría ser cualquier otro, pero sólo si supiera, que no hay muchos que sepan, decir para ella siempre la verdad. Esas historias, que merece la pena construir y dibujar para los otros, son las que Anastasia retrararía. Pero nadie las quiere escuchar ahora porque, siendo imposibles según lo sensible, desafían, por ser buenas, el mundo de la posibilidad.
(A los que, también,
han vuelto ahora)
