Se han escondido entre la pared y la ventana de mi habitación y, aunque se las siente, no se puede dar con ellas.  Se las oye cuchichear por las noches, contándose historias a los oídos.  Si se escucha atentamente, se puede entender que siempre versan de cómo una, o la otra, consiguió romper este o aquel hechizo que mantenía encadenada a la princesa de ojos grises.  La princesa a la que un maleficio retuvo atada a un castaño otoñal, del que extraía su único alimento, hasta que un sabio, que fuera conocedor de las claves para superar el abandono, la encontrara.  Y la viera, casualmente, mientras él anduviera leyendo libros tan pesados como el alma de los desafortunados en amores.  Y la quisiera, locamente, por haberlo liberado, ella a él, de su soledad sesuda y huraña. 

Hay dos haditas iguales.  De ellas, dicen las amas que las cuidan que son gemelas.  Aunque lo cierto es que una se ríe del derecho y otra del revés contrario.  Y, de eso, nadie se da cuenta.  Van corriendo una tras la otra.  Y aún no se han encontrado del todo porque, siendo iguales, no se reconocen.  Pero sí que ríen, continuamente, y adoran los polvorones, las aceitunas, los palitos de maíz inflado, la danza de las sillas y los libros que sostienen la estructura de la gran estantería del salón.  Ellas sueñan que algún día los leerán a conciencia para descubrir más y más historietas de duendes acaudalados, profesores exiliados, magdalenas interminables, cuentos y memorias de los que juegan a la rayuela, y de caballeros con palanganas en la cabeza, enamorados de un recuerdo esquivo, de una luz,  y andantes, perdidos en una inexplorada meseta.  Duermen, cada una en la suya, en una cuna de barrotes blancos.  Por las noches, algunas veces, saltan hasta el suelo, suben al techo, se esconden entre la pared y la ventana y cuchichean, toda la noche, sobre los príncipes que conocieron jugando en la plaza cercana.  Unos llevaban bicicletas de ruedas en vez de caballos blancos, y otros jugaban con balones de plástico en vez de hacerlo con espadas de madera pintada de añil o de ocres gastados.  Son haditas de los deseos y, si me despiertan, les pediré que el mío se me conceda. 

 

A Silvia, a Teresa.  Y a Carmen, la Reina Maga.